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La sanidad madrileña, al límite: “Nos podemos quedar sin camas de UVI”

El portavoz de para la crisis, profesionales y pacientes denuncian que la sanidad está al límite. La Comunidad pide ayuda al Gobierno por la falta de equipos de protección


Una mujer con mascarilla, el lunes en las urgencias del Gregorio Marañón.

Una mujer con mascarilla, el lunes en las urgencias del Gregorio Marañón.VICTOR SAINZ (EL PAÍS)
Es como ir a una guerra sin armas. A pecho descubierto. Los profesionales de los hospitales de la Comunidad de Madrid afrontan la lucha contra el coronavirus mientras les racionan el acceso a las mascarillas, los guantes, las gafas, los gorros y las batas con los que deben defenderse del contagio. “Nos estamos quedando sin equipos de protección. Nos podemos quedar sin camas de UVI. La respuesta frente a Covid-19 debe ser prioridad nacional”, se lee en un mensaje en las redes. Su autor, que declinó este martes atender a EL PAÍS, no es una persona cualquiera. Se llama José Ramón Arribas, es jefe de Enfermedades Infecciosas de La Paz-Carlos III y ha sido designado por el Gobierno de Madrid como portavoz para la crisis. Nada refleja mejor que los 782 casos positivos de la región están consumiendo a velocidad de vértigo los recursos de los hospitales, la disponibilidad de camas y las fuerzas de los profesionales.
“¿Y qué hago yo ahora? ¿Salgo a la calle?¿Me tiro por la ventana?”. La desesperación de B. H., de 64 años, tiene que ver con su madre, de 96, que este martes dio positivo, y resume las dificultades de la Administración para coordinar la respuesta a miles de potenciales contagiados entre una población de más de seis millones con focos dispersados entre la capital y ciudades como Torrejón, Valdemoro...
El jueves, B. H. llamó al 112 porque su madre tenía tos seca y dificultad para respirar. Al día siguiente, la trasladaron a La Paz, pero la trataron como si tuviera una bronquitis. “No utilizaban ninguna medida de protección y preguntamos si no era mejor que le hicieran la prueba del coronavirus, pero nos dijeron que no, que no tenía los síntomas”, cuenta. Así que B. H. se quedó allí a dormir, porque su madre “no se quería quedar sola”. Después la trasladaron al Carlos III, donde tampoco quisieron hacerle la prueba. El domingo, B. H. bajó a desayunar a la cafetería del hospital. Cuando subió, todo había cambiado.
“De repente había ahí guantes, mascarillas... de todo. Y me dijeron que le iban a hacer la prueba”. Dos días después, llegó la noticia. Su madre es uno de los 782 contagiados de Madrid. Y con la confirmación llegó el caos. “He llamado a La Paz para contarlo porque ahora no sabemos qué hacer. Hemos estado durmiendo con ella sin protección ni nada y nos dicen que no pueden hacer nada. Llamamos al teléfono [900 102 112, que ha recibido ya 16.234 llamadas] y nada tampoco. ¿Quién nos tiene que decir algo? ¿Llamo a una ferretería?”.
Madrid, junto con La Rioja y algunas zonas de Álava, es el principal foco de la expansión del coronavirus en España. Eso ha obligado a la Comunidad a cancelar todas las clases desde este miércoles y hasta el día 25, además de a suspender operaciones no prioritarias. En paralelo, se ha contratado o renovado a un total de 1.142 profesionales para reforzar a unas plantillas agotadas. Y el número de laboratorios dedicados a los análisis ha pasado de cuatro a ocho. El objetivo es impedir un pico de casos que colapse el sistema, espaciando los positivos para que la recuperación de los enfermos —109 altas hasta este martes— permita atender a los nuevos contagiados. Pero ya se han dado los primeros síntomas de agotamiento.
“Hay varios hospitales de Madrid desbordados”, cuenta Santiago Moreno, jefe de servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Ramón y Cajal. “El problema del coronavirus no es tanto la incidencia que vaya a tener en la salud individual de la gente, porque es una infección de carácter leve”, explica. “El problema es el boom, el brote, el pico de casos. Y eso es lo que hay que evitar: que no se concentren en poco tiempo todas las consecuencias, porque causa estragos en el sistema”, sigue. “Nuestra preocupación es llevar cuidado con las camas de UCI. Lo que se está viendo en todos los países es eso: escasez, desabastecimiento, que no haya suficientes respiradores, mascarillas...”
“Contratar y comprar rápido están siendo los cuellos de botella, con el sistema de llamadas, que no se atiende bien”, fotografía un experto antes de que el Gobierno anuncie que la plantilla dedicada atender el teléfono pasará de 125 operadores a 200. “Y hay falta de medios”, asegura.
No es solo una queja sindical. El Gobierno regional ha reclamado al nacional que agilice la compra centralizada de los equipos de protección, que depende del Instituto Nacional de Gestión Sanitaria, y que en caso contrario permita usar los caducados, o valore fabricarlos en España.
La situación es lamentable", continúa Mayte Castilla, técnica media sanitaria y delegada del sindicato CSIF en el clínico San Carlos. “Estamos tocando fondo”, asegura. “Observo una saturación en las urgencias, sin que se incrementen los recursos y teniendo al personal trabajando con estrés, por carga de trabajo y por intentar hacer todo con el más estricto cuidado, ya que es una enfermedad altamente contagiosa”.
El día a día de los hospitales está lleno de dificultades. Para los profesionales y para los pacientes, que no siempre encuentran las respuestas que buscan.
Es el caso de Diego, que lleva esperando los resultados de la prueba del coronavirus 11 días. Y nada. Ni por teléfono, ni por correo, ni por ninguna vía. Nadie le ha comunicado si ha llegado a estar infectado por el coronavirus o no. El silencio que ha vivido en su casa este tiempo, “apartado, en una habitación”, solo lo sabe él. “Estuve en Milán por trabajo y cuando llegué me empecé a encontrar mal, tenía tos, catarro...”, explica. Aterrizó en Barajas el día 15, llamó por teléfono el día 27 y, tras ser evaluado, un equipo médico fue a su casa a hacerle la prueba. Entonces empezó su cuarentena de 14 días. Pasó uno, dos, tres... y hasta nueve sin tener noticias. “He llamado para interesarme por mi caso muchísimas veces y me han tenido a la espera hasta 30 minutos y no me han pasado con nadie. Esto es un cachondeo”. Al final, tras 11 días, se ha dado el alta a sí mismo. “Ya salgo”.
La situación también ha cambiado por el coronavirus en algunas urgencias, como la del Gregorio Marañón.
“Va todo muy lento en Urgencias”, dice José María de la Torre, de 52 años. “Mi padre es ajeno al coronavirus. Tuvo una crisis de bronquios y lo trajeron aquí. Noto un clima de cierta paranoia general”.
“Mi padre se ha caído y se ha rajado el párpado. He podido estar un rato con él, pero me han dicho que me salga porque no tenían mascarillas”, apunta Belén García, de 44 años.
“La mascarilla la he traído yo”, le prolonga Raquel Blanco. A su padre le han detectado neumonía y liquido en los pulmones. “No tiene fiebre. Mi madre, mi hermana y yo estamos esperando los resultados, pero tenemos las mascarillas porque nunca se sabe”.
Mientras los pacientes esperan, los profesionales trabajan. Sus problemas son múltiples. Se enfrentan a una enfermedad contagiosa. Les falta material. La crisis ya ha consumido una quincena de días, exprimiendo sus energías, sin que haya horizonte para el final. Y muchos tienen que preocuparse por cómo conciliar, porque sus hijos no tienen clase.

Riesgo de desbordar

“Lo más importante es el desabastecimiento de las medidas de protección. Es la madre del cordero”, cuenta Fernando Hontangas, presidente del sector de sanidad de Madrid de CSIF. “Pedimos aumentar las plantillas, contrataciones, e incentivos económicos para los trabajadores en sitio de riesgo, como cuando el ébola”, añade. “Estamos pagando la crisis y los recortes. Hay 3,300 menos. No debería haberse recortado en personal. Nos da mucho miedo la falta de médicos, porque ya tenemos dificultades en puestos de difícil cobertura”, sigue. Y destaca: “El riesgo de desbordamiento existe, pero esperamos que la Administración tome las medidas para que eso no suceda. Se están tomando las medidas correctas en cuanto a dejar de lado lo que no sean casos urgentes: los oncológicos, los cánceres…”
“Hay compañeras que llevan demasiados días sin librar, y con turnos que provocan agotamiento e impiden el descanso correcto”, explica Jesús García Ramos, de SATSE, que emitió este martes un comunicado por “el cansancio extremo” de las enfermeras.
El miedo, dice un trabajador de la Jiménez Díaz, se ha empezado a extender entre el personal, sobre todo entre las embarazadas o las personas con otras patologías, pero todos se mantienen en sus puestos. “Nos pagarían el 70% de nuestro sueldo, porque no sería baja por enfermedad laboral. Nadie se va. Pero esto es grave”.
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