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“Habrá caídas importantes de la esperanza de vida o, si se vive más años, será con una salud más frágil”

Un ambicioso proyecto del investigador quiere medir cuánto influyen las malas condiciones de vida de madres y abuelas en la salud futura de sus descendientes


El demógrafo Alberto Palloni en el Centro de Humanidades del CSIC en Madrid.

El demógrafo Alberto Palloni en el Centro de Humanidades del CSIC en Madrid. LUIS SEVILLANO
Parte de la salud de los adultos se escribe en su infancia: en la propia, pero también en la de sus madres y quizás incluso de sus abuelas. Pero sigue siendo un misterio en qué medida unas malas condiciones de vida en el pasado influyen en el futuro de la salud. Para precisarlo, el demógrafo especialista en salud Alberto Palloni (Valparaíso, Chile, 1949) se ha embarcado en un proyecto dotado con 2,8 millones de euros por el Consejo Europeo de Investigación. Quiere esclarecer qué relación puede existir entre una mala alimentación en la niñez y el desarrollo de obesidad y diabetes tipo II en la edad adulta. Y para eso comparará enormes bases de datos demográficos y reconstruirá la trayectoria en tiempo de la salud de grandes poblaciones. En eso puede estar la clave, cree, para adelantarse 20 años a la prevalencia que tendrán esas enfermedades en el futuro y preparar a los sistemas sanitarios para soportar el peso de sus tratamientos. Un dato: atender a las personas con sobrepeso y obesidad supone un sobrecoste de 2.000 millones de euros al Sistema Nacional de Salud en España, según un estudio de 2019.
Pregunta. ¿De qué punto parte su investigación?
Respuesta. Sabemos que la obesidad y la diabetes tipo II en los adultos están relacionadas con experiencias que tuvieron quienes las sufren cuando eran muy jóvenes, cuando eran niños, fetos, incluso embriones. Y, más allá de eso, pensamos que también influye la vida que han llevado las madres de esas personas, incluso la de sus abuelas. Es decir, existe la posibilidad de que ciertas características que predisponen a una persona a ser obesa o tener diabetes tengan sus raíces en generaciones anteriores. Y esto lo queremos comprobar porque pensamos que cuando existe un contraste entre el ambiente al que uno se enfrenta en el presente y el ambiente para el que fue "programado" de niño se producen este tipo de enfermedades. El problema es que nos falta evidencia para asegurarlo. Por eso hemos emprendido este proyecto.
Aunque la biología permita alargar más la vida, el tipo de problemas de salud que generan la mala dieta, la falta de ejercicio o el cambio climático abren la posibilidad de que la esperanza de vida crezca más lentamente o incluso disminuya
P. ¿En el caso de que esa premisa consiga demostrarse, qué aplicaciones tendrá?
R. Podríamos, por ejemplo, predecir qué prevalencia va a tener la diabetes, por ejemplo, en los próximos 20 años, porque las personas que la van a padecer ya han nacido y conocemos el tipo de experiencias que han vivido en su infancia. Un estudio publicado en la Revista Española de Cardiología en 2019 preveía que en 2030 el 80% de los hombres y el 55% de mujeres padecerán obesidad en España (en 1975, solo el 7,5% de los hombres y el 11,5% de las mujeres era obeso). Esto aumento tiene consecuencias en la generación siguiente porque las madres obesas son más propensas a tener hijos obesos que las que no lo son.
P. ¿Con qué indicios cuentan ustedes?
R. Se desconoce mucho de los mecanismos que subyacen, pero se piensa que son fundamentalmente epigenéticos. La epigenética estudia los factores del entorno que modifican la expresión del ADN. En nuestro caso, se piensa, por ejemplo, que la malnutrición que ha padecido la madre induce cambios que preparan al feto de una manera incorrecta para el ambiente en el que tendrá que desarrollarse cuando nazca. Por eso planeamos incorporar a un epigenetista al equipo, pero también a un epidemiólogo, un estadístico y a un matemático o físico, porque intentaremos modelar esos procesos.
Una de las bases de los cambios epigenéticos puede encontrarse en el microbioma, que es el conjunto de genes de los más de cien mil billones de bacterias que habitan en el organismo humano, que producen compuestos que afectan al epigenoma. En las últimas décadas se ha descubierto que el microbioma afecta al sistema inmunológico y procesos cognitivos, por poner solo dos ejemplos. Pero en el caso de la obesidad o la diabetes, el conocimiento es muy inicial, porque para estudiarlo tienes que tener muestras de heces humanas y los estudios que hay son parciales. Ahora mismo sabemos que existe una asociación entre el tipo de microbioma y obsesidad, pero no tenemos idea de si la obesidad induce un cambio en el microbioma o es al revés. Para eso tienes que disponer de un estudio longitudinal, a lo largo del tiempo, con múltiples muestras de excrementos y eso es carísimo. En ratones sí hay evidencias de esos mecanismos, pero en humanos hay muy poco.
Queremos saber qué pasaría si reduces la obesidad de las madres, si intervenimos en su alimentación incluso antes del embarazo y ver si haciendo eso reducimos el número de niños (y luego de adultos) obesos y con diabetes tipo II
P. ¿Qué hipótesis concreta quieren verificar?
R. Uno de nuestros objetivos es ver qué ocurre con el microbioma de los hijos de mujeres obesas y compararlo con el de madres que no lo son. Queremos saber qué pasaría si reduces la obesidad de las madres, si intervenimos en su alimentación incluso antes del embarazo y ver si haciendo eso reducimos el número de niños (y luego de adultos) obesos y con diabetes tipo II.
P. ¿Con qué variables trabajan ustedes al analizar las grandes bases de datos demográficos?
R. La edad, el sexo, el lugar, la educación, el peso, el peso al nacer, el tipo de experiencia que la persona tuvo durante su infancia, por ejemplo, si tuvieron enfermedades contagiosas, o una enfermedad reumática del corazón que provoca una bacteria contra la cual hay antibióticos pero que si uno la contrae puede no matarte en el corto plazo, pero sí puede que te mate cuando tengas 60 años porque te daña las válvulas coronarias.
P. Por esa vía, ¿no se puede llegar a asociar a una persona concreta con una posible enfermedad y condicionar su futuro laboral y social?
R. La solución es que los datos se anonimicen y además se suelen consultar en 'cold rooms', salas de consulta que no permiten sacar fuera los datos. En los institutos de estadística y en los centros de producción de estadísticas en general son en lo que más se cuida la protección de los datos individuales, los datos de identidad. Eso es algo que prima sobre cualquier otra cosa.
P. ¿Cuál es el papel de un demógrafo en todo esto?
R. Déjeme ponerle un ejemplo. A falta de experimentos de laboratorio, recurrimos a experimentos 'naturales'. Por ejemplo, comparar la población hispana de EE UU con la población no hispana. Ahí entra la demografía: sabemos cuándo emigró esa población y además pertenecen a diferentes niveles socioeconómicos. Y al analizarlo encontramos sorpresas: los hispanos en EEUU tienen mejor salud y mayor esperanza de vida que el resto de estadounidenses que tienen condiciones económicas y de educación peores a las del resto de la poblacíón. La teoría nos dice que los mexicanos que entran en EE UU son, entre comillas, más saludables, porque los enfermos no migran, pero es que además los que retornan a México son también los más enfermos. Este tipo de situaciones son experimentos naturales que tenemos que aprovechar. Pero para sacar conclusiones hay que analizar enormes conjuntos de población. Nosotros analizamos a 10.000 personas mayores, un 15% de las cuales había retornado a México.
Para medir los efectos [en la salud de las personas] de la crisis de 2008 habrá que esperar: mi hipótesis es que quienes más la sufren serán las personas que estaban por nacer o que nacieron durante el periodo de la crisis en ambientes de clase baja o clase media baja
P. ¿Y cómo van a trabajar en este nuevo proyecto que se desarrolla en España?
R. En general, para ver los efectos de las condiciones de vida iniciales en la edad adulta necesitamos datos a lo largo de toda la vida, y ese tipo de datos escasean a gran escala. Por eso tenemos que 'ensamblar' varios estudios diferentes, y ser cautos con las conclusiones que podemos sacar de ello porque no serán individuos como lo serían en un estudio longitudinal de una o varias cohortes. Uno de los estudios que vamos a utilizar es la Base de Datos Demográfica Longitudinal del Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía, que es interesante porque Andalucía es una de las zonas de mayor prevalencia de la obesidad y la diabetes en España. (Interviene otro de los investigadores del proyecto, Diego Ramiro Fariñas) A falta de esos estudios, vamos a fusionar varios existentes para crear un estudio artificial y sintético que pueda cumplir las condiciones de un estudio ideal. Es como tratar de recrear un dinosaurio con ADN de una rana y de una salamandra.
P. Y una vez verifiquen las hipótesis, ¿cuál es el paso siguiente?
R. Si conseguimos demostrar las hipótesis, entonces sí podremos abordar estudios carísimos con excrementos de miles de personas en diversos momentos de su vida para comprobar cómo ha evolucionado su microbiota y ver si tiene influencia en las enfermedades como la obesidad y la diabetes tipo II, porque ya hay evidencias de que sí la tiene en el caso de la demencia. Lo que esperamos es que este estudio sea una chispa que genere una nueva disciplina de estudio, que incluya demografía, salud pública, epigenética y biología de la evolución.
P. En algunos países, por primera vez en décadas, la esperanza de vida ha retrocedido, o no ha avanzado como venía haciendo. ¿Qué cree que va a pasar?
R. Hay opiniones diversas. Hay gente que es optimista y piensa que la esperanza de vida va a seguir creciendo indefinidamente. Otros piensan que eso es biológicamente imposible. Y otros, como yo, pensamos que aunque la biología permita alargar más la vida, el tipo de problemas de salud que generan la mala dieta, la falta de ejercicio o el cambio climático abren la posibilidad de que la esperanza de vida crezca más lentamente o incluso disminuya. He estudiado casos en América Latina donde ya hay países en los que la esperanza de vida tocó techo y no se ha movido. En México, donde un 35% de los adultos son obesos, la implicación sobre la prevalencia de la diabetes es enorme. Aquel país va a tener un serio problema. Pero, como investigador, lo que me interesa saber de verdad es si las condiciones en las que hemos vivido en los últimos 50 años y las que tenemos por delante en los próximos 20 van a producir poblaciones en las que, aunque la esperanza de vida se mantenga estable o mejore, sí disminuya el tiempo de vida en salud que la gente va a tener, esto es el número de años de vida sana. Y esto tiene implicaciones importantes para los sistemas y políticas de salud.
P. ¿Cómo abordan esta cuestión en su proyecto?
R. Nuestra idea es anticiparnos en décadas a las intervenciones que habrá que hacer en los sistemas de salud para que puedan soportar la presión de este problema a medio y largo plazo. Porque además ninguno de estos problemas ocurre de manera homogénea. Afectan a las clases sociales de modos distintos. Las relaciones que nosotros estudiamos se muestran más fuertes en las clases desfavorecidas que en las clases altas. Por eso el problema va a tener efectos no solo en la longevidad y en la esperanza de vida sana, sino que pudiera incrementar las disparidades que ya existen. Eso también queremos demostrarlo con el proyecto.
P. Desde su ámbito, ¿cómo prevé el futuro de la salud?
R. En África vemos que la obesidad ya está creciendo como en los países más occidentalizados y eso es debido a cambios de hábitos (dieta, actividad física...). Cogen lo peor de occidente: la comida basura, muchos carbohidratos, mucho azúcar. En occidente tenemos que tener en cuenta que ahora mismo las generaciones que tenemos vivas han sido generaciones muy seleccionadas con anterioridad y las generaciones que van a nacer a partir de ahora son generaciones que no han sido tan seleccionadas al nacimiento, que han recibido una asistencia sanitaria que les ha permitido sobrevivir a condiciones que en el pasado les habrían aumentado los riesgos de enfermedades y muertes.
El ejemplo que me impresiona más es el de los países de ingresos medios y bajos donde la mortalidad decreció drásticamente desde la década de los cincuenta. En 20 años hicieron una transición que en Europa había requerido más de un siglo. Y lo hicieron gracias a los antibióticos, las vacunas, los tratamientos de rehidratación. Eso hizo que los niños que hubieran muerto porque estaban malnutridos pudieran sobrevivir hasta los 60 años. El problema es que esas cohortes tienen mayor riesgo de estar expuesta a enfermedades crónicas. Por eso yo creo que habrá caídas importantes de la esperanza de vida o, si se vive más años, será en condiciones de salud más frágiles.
P. Tienen mucho interés en incluir cuestiones de biología de la evolución, ¿por qué?
R. Nuestro ADN es plástico y se adapta a los cambios, pero esa plasticidad tiene un límite y nosotros hemos producido condiciones de vida y de entorno tecnológico en los últimos 150 años que no tienen absolutamente nada que ver con las amenazas, con los desafíos que se les presentaron a nuestros ancestros, cazadores de hace 200.000 años. ¿Qué consecuencias tiene ese contraste? Yo veo este proyecto como una manera de contestar por lo menos parcialmente a esa pregunta.
P. ¿Es posible medir los efectos en la salud del empobrecimiento que ha producido la gran recesión?
R. Sí. Hay estudios que miden los efectos de una recesión en la salud de la gente y cómo aumenta la desigualdad en salud. Para medir los efectos de la crisis de 2008 habrá que esperar: mi hipótesis es que quienes más la sufren serán las personas que estaban por nacer o que nacieron durante el periodo de la crisis en ambientes de clase baja o clase media baja. Pero para determinar si eso es verdad tendremos que esperar a que esas personas lleguen a edades adultas. Sabemos, por estudios de otras crisis, como la del 29, que hay una relación entre malnutrición y menor longevidad. Los nacidos en aquellas fechas, al llegar a adultos, mostraban una mortalidad más alta que los que habían nacido en épocas de abundancia. Las crisis aumentan la morbilidad también.

INVESTIGADOR DE FRONTERA

Alberto Palloni.
Alberto Palloni. LUIS SEVILLANO
Alberto Palloni, catedrático de Sociología de la Universidad de Wisconsin (EEUU), se ha unido al director del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del Centro de Ciencias Humanas y Sociales, Diego Ramiro-Fariñas, para desarrollar en este centro del CSIC el proyecto ECHO, que une a investigadores en principio tan distantes como demógrafos, epidemiólogos, físicos y epigenetistas y que se considera de alto potencial y alto riesgo: las probabilidades de que no se llegue a conclusiones son altas, pero si se logran se puede abrir paso a una línea de investigación prometedora, incluso a un nuevo campo de estudio.
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