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La Barcelona que no hace ruido y al día siguiente sale a barrer

Son independentistas y no independentistas. Son decenas de personas que apagan rescoldos, devuelven lo que no ardió a su sitio y limpian las calles cuando se van los radicales


Una mujer contempla este jueves los destrozos producidos en las calles de Barcelona tras la sentencia del 'procés'.

Una mujer contempla este jueves los destrozos producidos en las calles de Barcelona tras la sentencia del 'procés'. CRISTOBAL CASTRO
Hay belleza en la destrucción. Tiene que ver con el civismo. Una pareja de ancianos —él en pantalón corto, ella en camisón— bajaron la noche del miércoles en zapatillas a empujar unos contenedores que unos radicales habían colocado en medio de la carretera, pegados a los coches y a los árboles, en una calle estrecha que podía convertirse en una ratonera infernal en caso de haber prendido. Lo hicieron con ayuda de otros chavales. No dijeron nada, no gritaron, no reprocharon. Se fueron calle abajo, hacia Roger de Llúria y volvieron a subirse para su casa.
Una chica morena, Cris de nombre supuesto, dedica la noche a eso que han hecho los ancianos: ir de una hoguera a otra para tratar de apagarlas, a retirar contenedores, apartar papeles y material inflamable. A veces baja los brazos, mira a la carretera esperando a los bomberos y niega con la cabeza. Esa noche, a las 22.00 horas, está sola en un cruce enorme con tres fuegos y rodeada de una treintena de chavales embozados que no le dicen nada; uno sí, uno le recomienda que no trate de apagar un fuego de tal forma porque lo extenderá; mansplaining siempre, incluso si te perjudica.
Cris se declara pacifista, forma parte de un grupo de doce jóvenes que se coordinan para tratar de impedir la violencia declarada en las calles. Son independentistas y no independentistas, como esas decenas de personas que apagan rescoldos, devuelven lo que no ardió a su sitio y barren la calle cuando se van los radicales, que montan barricadas con contenedores para impedir el paso de las furgonetas policiales y regresan luego a ellas para prenderles fuego cuando la acción los desplaza allí. Después de tres días de disturbios, empieza a haber una coreografía aquí, un orden absolutamente enloquecido del que forman parte fundamental, cuando acaba la fiesta, los servicios públicos de limpieza y extinción de incendios.
A las tres de la madrugada del jueves, dos camiones de bomberos se encuentran en la intersección de Consell de Cent y Diputació, paran y se bajan para abrazarse unos a otros entre gritos. Veinte minutos antes, dos agentes paseaban entre un mar de papel higiénico iluminado por alguna pequeña fogata entre Gran Via y Marina. En esa zona Roger, un chico de 34 años, sacaba a su perro a la calle; en un mar de restos de basura, contenedores volcados, cascotes —muchísimos en Gran Vía— Roger recogió la caca de su perro. “No sé, la costumbre”, dijo bromeando. “No somos la ciudad que se está pintando fuera”, dijo más serio, ya metiéndose en su portal.
En las noches de disturbios en Barcelona la vida sigue en las calles del centro como metáfora, por ejemplo en los restaurantes y coctelerías abiertas con las verjas bajadas. Y de los portales parecidos por los que se mete Roger con su perro, salen corriendo vecinos que ven amenazados sus coches o su vivienda; lo hacen para ayudar, para proteger la calle, algunos para escapar: cada uno es un mundo cuando las llamas se plantan en la puerta de su edificio. Son escenas llamativas porque, hasta donde ha visto este cronista en dos noches, los encapuchados de gafas de esquí, pañuelo en la cara y mochila, no les dicen nada; ven como apartan los contenedores, por ejemplo, y al rato los vuelven a poner en medio de la carretera, si los ponen, y eso mucho más tarde.
“Nosotros no estamos para enfrentarnos con la gente, es nuestra gente”, dice al día siguiente Ricardo, un chico de 24 años que participa en los disturbios (“cuando me pegan, respondo, nosotros no empezamos nada”). Esa línea, dice, es refrendada por los radicales: no enfrentarse con los vecinos, no hacer nada cuando los vecinos retiren lo que ellos colocan en la carretera o apaguen lo que ellos han encendido. Les importa tanto el apoyo popular como hacer que entiendan que las “molestias” o “trastornos” causados son en su defensa.
Esa línea teórica en un movimiento tan organizado como descontrolado se respeta lo justo. Verbalmente siempre aparecen insultos, provocaciones y peinetas a la gente que en los balcones tira de manguera para apagar fuego. Es en el cara a cara cuando la tensión se amortigua. Y si no lo hace, siempre aparecen dos o tres con ascendencia para dar la orden de “pasar de todo”. A Cris, sin ir más lejos, le reprochan unos radicales sus palabras (había pedido que ni en sueños incendiasen una calle transversal peligrosa para los edificios). “Vete a dormir”, le dice un chico a cara descubierta. Cris, exhausta, saca un libro de la mochila y se lo enseña: “¿Tienes tú uno sobre el manual del buen independentista?”. “No faltes al respeto, chica”, interviene una señora. Un fuego enorme acaba de prender cerca y Cris deja la conversación. Se ve a lo lejos la estampa de ella sola con una mochila a la espalda, como una sombra chinesca, corriendo de un lado a otro en mitad de la noche para apagar fuegos tan grandes que la quemarían en caso de acercarse mucho. Cuanto más imposible es su misión, más real es ella y los que dedican las noches a hacer lo mismo.
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