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May ofrece nuevas cesiones a Corbyn para intentar salvar el Brexit

Laboristas y conservadores retoman este martes las conversaciones

Todos los caminos conducen hacia el fin de su carrera política, pero Theresa May ha decidido apostar por el único que puede sacar al Reino Unido de la parálisis e imponer cierto control de daños al desastre del Brexit. La primera ministra se ha saltado todas sus líneas rojas y ha presentado al Partido Laborista una última oferta de acuerdo que desató las iras de los euroescépticos. Nada indica, aun así, que May pueda sumar suficientes respaldos para sacar adelante su plan.

Theresa May y su marido Philip salen del servicio dominical en su parroquia en Sonning.

Theresa May y su marido Philip salen del servicio dominical en su parroquia en Sonning.  GETTY
El equipo negociador de la primera ministra reanudará este martes sus conversaciones con los laboristas, pero ya con el encargo de sacar algo en claro. La estrepitosa derrota de los conservadores en las elecciones municipales del pasado jueves, y el decepcionante resultado obtenido en esos comicios por el primer partido de la oposición, han incrementado la presión en ambas formaciones para dejar atrás cuanto antes la pesadilla del Brexit.
May se esfuerza en las últimas semanas por presentar la aprobación del Acuerdo de Retirada de la UE —rechazado ya tres veces por el Parlamento— como un primer paso necesario para que arranque el Brexit y se cumpla el mandato del referéndum de 2016, pero en absoluto el diseño definitivo de la futura relación del Reino Unido con la UE. “A todos los diputados yo les digo que, si somos capaces de alcanzar un acuerdo entre partidos, se tratará de un paso definitivo hacia un futuro más brillante, fuera de la Unión Europea, en el que el Reino Unido podrá definir el futuro camino. Porque ningún Parlamento puede atar las manos de su sucesor”, escribió la primera ministra en una tribuna del diario Mail on Sunday. El dilema que la primera ministra es incapaz de resolver con un golpe político audaz o imaginativo es tan simple como que la manta no da para tapar a la vez la cabeza y los pies. Ese mensaje de tranquilidad hacia los conservadores se convierte en fuente de desconfianza para los laboristas, cuyo apoyo persigue ahora. El partido de la oposición no está dispuesto a estampar su firma en un acuerdo que, en sus propias palabras, no sea “a prueba de Boris” [en referencia a Boris Johnson, el líder euroescéptico más popular en las quinielas para suceder a May]. Cualquier acuerdo que no esté blindado ante la posibilidad de que un nuevo primer ministro conservador lo transforme de arriba abajo tiene de antemano el rechazo de los laboristas.
El equipo de May, según relataba en su edición el diario The Sunday Times, ha ultimado una oferta que incluiría una unión aduanera con la UE temporal, hasta las próximas elecciones generales en el Reino Unido, un alineamiento con gran parte de las reglas del Mercado Interior, ceñida a los bienes pero no a los servicios, y el compromiso de plasmar en ley que las leyes británicas en materia laboral serán un calco de las impuestas por Bruselas.
Los detalles de estas nuevas concesiones irritaron a la dirección laborista, por su indefinición y por el hecho de que hubieran sido aireados antes de tiempo en los medios de comunicación. John McDonnell, el brazo derecho de Jeremy Corbyn y, para muchos, el verdadero cerebro del Partido Laborista, aseguró que no se fiaba de May: “Porque este fin de semana ha reventado la confidencialidad que habíamos mantenido hasta el momento, y creo que ha puesto en riesgo las negociaciones por un puro afán de protegerse”.
En cualquier caso, la apariencia de que la dirección laborista tendría en estos momentos la sartén por el mango tiene más de espejismo que de realidad. Corbyn hace frente a su propia rebelión interna, porque la mayoría de su partido no le permitirá salirse con la suya y permitir que el Brexit siga adelante, aunque sea en una versión suavizada, sin que haya un referéndum confirmatorio que devuelva la voz a la ciudadanía británica. Tom Watson, una de las voces más críticas contra el líder laborista en el núcleo directivo, dejó este domingo claro el rechazo que produciría en muchos afiliados y votantes que los laboristas sacaran a May las castañas del fuego. “No quieren que rescatemos a la primera ministra de un problema que ha creado ella sola, y un gran número de nuestros militantes creen que la gente debe poder pronunciarse sobre el acuerdo que llegue a salir de estas conversaciones”, advirtió Watson. Más de cien diputados, 66 de ellos laboristas y el resto repartido entre los verdes y nacionalistas escoceses y galeses, escribieron este domingo una carta a May y Corbyn en la que advertían de su negativa a aceptar una “estafa cocinada en Westminster” que no incorporara la garantía de una segunda consulta.
Corbyn mantiene a regañadientes la línea oficial de su partido, que reclama un nuevo referéndum si todo lo demás falla, pero después de los pobres resultados de las elecciones municipales ha decidido mantener hasta el final su apuesta por extraer del Gobierno algo que se asemeje a un Brexit suave, que le permita transmitir la imagen de que el laborismo ha impuesto su criterio. Y May ha optado por reventar las costuras de su propio partido conservador antes que pasar a la historia como la primera ministra que condujo al Reino Unido al desastre. “Y ahora está permitiendo que el marxista Corbyn ponga el toque final a un acuerdo chapucero. Si no cambiamos de rumbo, el partido explotará”, dijo ayer Sam Smith, el líder local de los conservadores en Nottingham.

LOS CANDIDATOS A LA SUCESIÓN YA ESTÁN EN CAMPAÑA

La demostración más evidente de que Theresa May es ya un fantasma político es que los principales rivales a sucederla han perdido el decoro y están ya en campaña. Dominic Raab, quien fuera el penúltimo de la larga serie de ministros para el Brexit que ha tenido la primera ministra, prometía en una entrevista con el Sunday Times, una rebaja de un punto en el impuesto sobre la renta, subidas del salario medio y aumento del permiso de paternidad. Sajid Javid, ministro del Interior, un musulmán de origen humilde y éxito en el mundo financiero antes de dar el salto a la política, acusó a sus compañeros de Gobierno de ver el mundo “a través de hojas de cálculo” y se comprometió a defender aquellos servicios públicos “como la educación, que pueden cambiar la vida de una persona”, dijo.
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