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Los nuevos amos de la coca en Galicia


Un hombre que tenía cocaína en el coche.





Un policía inmoviliza a uno de los hombres sorprendidos cuando introducían paquetes de cocaína en un habitáculo del asiento trasero de un coche, en un chalé de Pontevedra. 
Mientras lanchas llenas de hachís cruzan el Estrecho, en el norte otras planeadoras cargadas de cocaína siguen descargando en Galicia. Tras los excesos de los años noventa, los gallegos han aprendido a huir de los focos. En silencio, desde las Rías Baixas opera un imperio de transporte de coca que en los últimos años se ha extendido a varios puertos europeos, a África y al Mediterráneo oriental

CERCA DEL CENTRO de Pontevedra, frente a la ría, hay una bonita casa de dos pisos. A las once de la mañana del pasado 15 de noviembre, en los alrededores de ese chalé solo se veía a un hombre haciendo deporte, a una pareja dando un paseo, a un conductor buscando aparcamiento. Por la calle se aproximaron un coche y una furgoneta. El portón de la vivienda se abrió lentamente y los vehículos entraron. El inspector Alfredo Díaz, que aguardaba ese instante, agarró el pesado terminal del equipo de transmisiones y ordenó: “¡Adelante!”. Dos coches camuflados surgieron de la nada y se atravesaron en la calle, bloqueándola. De ellos descendieron cuatro hombres armados, ataviados con chalecos en los que se leía la palabra “POLICÍA”, y corrieron hacia la casa. También corrieron hacia ella el supuesto deportista y la pareja que paseaba junto al mar. Dentro, cinco individuos introducían paquetes en un compartimento secreto del turismo. Parecían libros: eran rectangulares y, a modo de portada, llevaban la imagen de una cabeza de caballo dentro de una herradura. “¡Al suelo! ¡Al suelo!”, les gritaron los agentes. Ninguno de los hombres opuso resistencia. El inspector Díaz sacó su móvil e hizo una llamada: “Tenemos la cocaína”, dijo.


Lancha auxiliar del buque Alcotán, del Servicio de Vigilancia Aduanera, durante una travesía de inspección en la ría de Ferrol.
Lancha auxiliar del buque Alcotán, del Servicio de Vigilancia Aduanera, durante una travesía de inspección en la ría de Ferrol. 


Era la señal que esperaban sus colegas de Madrid y de la localidad pontevedresa de Ribadumia para entrar en otras viviendas. En las tres fases de la operación, denominada Poseidón y liderada por los Grupos de Respuesta Especial para el Crimen Organizado (Greco) de Galicia, fueron detenidas 15 personas y decomisados 650 kilos de cocaína. En la calle, el valor del alijo habría alcanzado 39 millones de euros. Ese volumen de droga no es inusual. Como recuerda el comisario jefe de la Brigada Central de Estupefacientes, Antonio Duarte, “España sigue siendo el segundo consumidor de cocaína de Europa, solo por detrás del Reino Unido”. Antes de su destino actual, Duarte estuvo 11 años al frente de Greco Galicia. Durante su etapa fueron aprehendidos 200.000 kilos de cocaína destinados a la región.
El escenario. O Salnés es una comarca situada entre las rías de Arousa y de Pontevedra. Ese territorio de costa enrevesada, con 112.000 habitantes, es en verano un paraíso para los turistas: playas de arena fina, agua transparente y buena comida. Pero tras la postal amable se esconde otra realidad. O Salnés es un lugar fundamental para un negocio que arranca en la selva colombiana y mueve 75.000 millones de euros al año en todo el mundo —la cuarta parte del presupuesto español—, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). Eso lo saben bien las agencias turísticas. La conocida Guía Repsol ofrece así uno de sus recorridos: “De Noia a Cambados. Los escenarios del narco gallego sin pizca de harina”. La web Besherpa anuncia: “Ruta Fariña: Winston de batea + ¡con ruta en planeadora! Todos los viernes”.

“El epicentro de la cocaína es la comarca de O Salnés. Allí están las personas del negocio”

De O Salnés eran varios de los 15 detenidos en la Operación Poseidón, desencadenada por las andanzas en Colombia del gallego Jorge Gómez Calviño. Gómez, que fue representante del cantante Manu Chao, aparecía como investigado en varias operaciones de la policía.
El jefe del Greco Galicia, Emilio Rodríguez Ramos, conoce la comarca como la palma de su mano: “El epicentro de la cocaína es O Salnés. Es donde las personas del negocio se manejan bien. Es su zona. Son sus gentes. Yo entro en un bar de allí y con el [poco] acento que tengo inmediatamente empiezan a controlarme”.
En O Salnés viven la mayoría de los sospechosos habituales del tráfico de drogas. Tienen en donde inspirarse: de allí son Sito Miñanco (Cambados), Manuel Charlín (Vilanova de Arousa), Laureano Oubiña (Cambados)… Allí se levantan mansiones de los mayores narcotraficantes gallegos. Aunque es verdad que las cosas ya no son como en los años noventa, cuando los narcos se paseaban por las calles de esas localidades en Porsche o Ferrari. El alcalde de Vilagarcía de Arousa, Alberto Varela (PSOE), se esfuerza en subrayar el cambio que ha vivido la capital de la comarca: “Narcotráfico hay en toda España. Ahora, que sigue habiendo narcotraficantes a menor escala de los que había antes, seguro. Que son más discretos que los que había antes, también”.


Jaime Gayá, jefe de Aduanas de Galicia.
Jaime Gayá, jefe de Aduanas de Galicia. 


Desde su recién estrenado despacho del Complejo Policial de Canillas, en Madrid, el comisario Duarte explica: “Ahora los narcos buscan la invisibilidad. Lo que más les preocupa es que se hable de ellos”. Pero que no se los vea no significa que hayan abandonado el negocio: “En Galicia siguen estando los cerebros, los que tienen relaciones con los colombianos. El gallego es el único a quien los colombianos le pueden dar grandes cantidades de cocaína en un barco. Es el organizador de todo. Cobra su comisión en alta mar, en cocaína, y se la lleva para Galicia. El resto se lo entrega a los compradores: en Madrid, Barcelona o Róterdam, para desde allí ser distribuida por toda Europa”.
Los capos. La producción de cocaína alcanzó en 2016 “el mayor nivel jamás registrado”, según el último informe de la UNODC. En total, de las selvas de Colombia, Bolivia y Perú salieron 1.410 toneladas de esa sustancia, un 25% más que el año anterior. Desde que el Gobierno colombiano y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) firmaron el acuerdo de paz, en septiembre de 2016, muchos antiguos guerrilleros se han convertido en productores de cocaína, según afirma un informe de la DEA (Drug Enforcement Administration). “Ahora mismo, los colombianos necesitan dar salida al excedente que tienen”.

“Los gallegos cobran su comisión en alta mar, en cocaína, y se la llevan para Galicia”

Eso explica por qué Daniel Barrera, El Loco, sucesor de El Chapo Guzmán y actualmente preso en EE UU, ha dado orden de “inundar” las rías de droga. Dairo Antonio Úsuga, Otoniel, jefe del cartel del Golfo, también está interesado en Galicia, a donde ha enviado a varios emisarios, según declara el periodista Víctor Méndez Sanguos. Su ensayo Narcogallegos (Los Libros de la Catarata) se ha convertido en el volumen de cabecera de muchos policías.
Los capos de la droga que viven en O Salnés poseen lo fundamental: “El contacto directo con los proveedores colombianos. Directo”, subraya el comisario Duarte. “Viajan a Colombia, pueden incluso pasar parte del año allí. Eso hace que la droga les salga más barata y les permite reducir riesgos”.
La policía tiene vigiladas en Galicia a casi un centenar de personas por su presunta relación con el narcotráfico. La lista es secreta, pero cuando los medios de comunicación locales hablan de sus posibles integrantes, hay varios nombres que se repiten con frecuencia. Son los de Óscar Manuel Rial Iglesias, El Pastelero; José Constante Piñeiro Búa, Costiñas, y Juan Manuel Vidal Padín, El Burro. Ninguno de ellos ha sido condenado por narcotráfico.


Los nuevos amos de la coca en Galicia


Imágenes de la Operación Poseidón. Arriba, un furgón de la policía bloquea la calle donde está el chalé asaltado. Abajo, la policía introduce a un detenido en un coche.
Imágenes de la Operación Poseidón. Arriba, un furgón de la policía bloquea la calle donde está el chalé asaltado. Abajo, la policía introduce a un detenido en un coche. 


Del rostro del Pastelero solo existe en Internet una foto. Fue tomada en 2013 en la Audiencia Nacional, durante el juicio del San Miguel, un pesquero que en 2008 fue abordado en medio del Atlántico por el Servicio de Vigilancia Aduanera cuando intentaba trasvasar 3.400 kilos de cocaína a varias planeadoras. El Pastelero aparece en la segunda fila del banquillo de los acusados, justo detrás de Costiñas. Es un hombre de unos 40 años, moreno, fuerte. La Fiscalía lo culpaba de dirigir la operación, y a Costiñas, de ser su principal socio. Toda la acusación se sustentaba sobre el testimonio de un marinero que había trabajado para ellos. Durante varios años, la policía lo había mantenido protegido, pero, como en las películas de gánsteres, desapareció en vísperas del juicio. Antes de esfumarse pasó por una notaría para escribir una carta: en ella pedía perdón al Pastelero y afirmaba que todo lo que había declarado hasta entonces a las autoridades era mentira.
Aquella fue la segunda vez que el Pastelero se libró de una condena por tráfico de drogas. En la ocasión anterior había sido grabado por la policía, también junto a Costiñas, durante una reunión que varios capos colombianos y gallegos celebraron en un lugar sorprendente: el hospital 12 de Octubre de Madrid. Se produjo en diciembre de 2006. Sin embargo, los agentes no lograron identificarlos hasta 2011. Cuando los llevaron ante el juez, este los dejó libres. Su decisión fue muy polémica.

“Muchos narcos de los años noventa trabajan de comisionistas para los colombianos”

El Pastelero fue condenado en 2014, pero no por tráfico de drogas, sino por fraude fiscal. Pagó sin rechistar los 700.000 euros de la multa que le impuso el Ministerio de Hacienda y los 200.000 euros de fianza para abandonar la cárcel. Desde entonces, su vida está rodeada de misterio. Como la de Costiñas y la de El Burro. De este último solo se sabe que tiene varios negocios en O Salnés y que vive la mayor parte del año en Colombia.
Víctor Méndez, el autor de Narcogallegos, retrata con una anécdota la obsesión de los tres por pasar inadvertidos: “Uno de ellos hizo un viaje en moto con su grupo desde la ría de Arousa a Santiago. Antes de salir, advirtió a sus acompañantes que no se levantaran la visera del casco porque la policía podía estar vigilándolos. En el peaje de Santiago, a 10 kilómetros de la ciudad, uno se la levantó para pagar. Su jefe no dijo nada, pero cuando llegaron a la ciudad le aplicó un correctivo”.
Los responsables de las fuerzas del orden son extremadamente cautelosos al hablar de estos hombres, ­todos ellos empresarios de éxito. De su defensa se ocupan algunos de los más cotizados penalistas del país, como Francisco Miranda, abogado del Pastelero, o Gonzalo Boye, letrado de Sito Miñanco, de Marcial Dorado y también de Carles Puigdemont y de otros políticos catalanes huidos de la justicia. El juez José Antonio ­Vázquez Taín, que en el pasado se ocupó de casos sonados de narcotráfico, ha comentado con ironía que, al final, quienes se hacen ricos son los carísimos abogados de los narcos.


El chalé donde se ocultaba la droga interceptada durante la Operación Poseidón.
El chalé donde se ocultaba la droga interceptada durante la Operación Poseidón. 


Los comisionistas. Cuando fue detenido en su chalé de Algeciras hace un año, Sito Miñanco todavía era el número uno. En su poder tenía un guion plastificado de la serie de televisión Fariña, que aún no había sido estrenada. En ella se narra su historia desde los tiempos en que recorría la ría de Arousa a los mandos de una planeadora cargada de tabaco hasta su salto al tráfico de drogas. Con su entrada en la cárcel, acusado de ser el máximo responsable de una trama que distribuía cocaína a España, Holanda, Italia y Albania, se cierra una época. Él era el último de los antiguos capos gallegos capaces de comprar la droga en Sudamérica y traerla a Europa. Ahora esa función la desempeñan otros. La mayoría de los demás protagonistas de Fariña han pasado a un segundo nivel: se han convertido en comisionistas. Conservan el nombre y tienen algunos contactos. Con ambas cosas consiguen ir haciendo negocios.
En O Salnés abundan los tipos como ellos. El comisario Duarte explica que la mayoría ha hecho sus contactos con los narcos colombianos en la cárcel. “En prisión les dicen: ‘Yo tengo lanchas, yo tengo barcos, yo tengo gente que te la alija [la droga], yo tengo coches con doble fondo, comunicaciones satelitales, radios… Yo tengo todo’. Cuando salen [a la calle], los llaman: ‘Oye, pues hay una operación en marcha. ¿Tendrías un barco?’. ‘Claro, joder. Pero me tienes que dar 150.000 euros”. A la cárcel la llaman “la universidad”.
Los colombianos suelen sancionar los errores con palizas. El 11 de abril de 2018, dos individuos entraron en el caserón que Manuel Charlín tiene en Vilanova de Arousa y les propinaron sendas tundas a él y a su hijo Melchor. Al mismo tiempo, uno de sus socios, Víctor Manuel Pérez Santos, recibió otra paliza en Portugal. La policía cree que los dos sucesos estuvieron relacionados con un fallo del clan a la hora de cumplir lo acordado con los dueños del cargamento del Titán III, un remolcador que cuatro meses más tarde sería capturado con 2.500 kilos de cocaína frente a Senegal. Además de ellos, en la operación fue detenido otro narcotraficante histórico: Jacinto Santos Viñas. Para la policía, este hombre es el ejemplo de que también hay comisionistas serios. “Salió de prisión unos días y organizó toda la operación”, afirma Duarte. “Los tipos como él no gastan bromas. Van al trabajo. Si dicen que tienen un barco, tienen un barco”.

“Los gallegos han convertido África occidental en una base de operaciones”

Al ser detenidos, muchos comisionistas se llevan las manos a la cabeza. El jefe del Greco Galicia ha visto esa escena muchas veces: “Lo primero que dicen es: ‘¿Yo por tráfico de drogas? ¡Yo en mi vida he visto un paquete de droga! ¡Yo jamás he vendido ni comprado droga!’. Creen que no tienen nada que temer, pero son unos miembros más del grupo de narcotraficantes. Les pueden caer hasta 10 años por intermediar en una operación”.
Un escalón por debajo de los comisionistas se mueven los dueños de las planeadoras, los pilotos, los almacenistas… “Son gente habitual en el negocio”, afirma el inspector Alfredo Díaz. “En todas las investigaciones suelen salir los mismos nombres”. Esos grupos —decenas, según el inspector jefe Rodríguez Ramos— se asocian a conveniencia: uno pone la lancha, otro los motores, otro el gasoil. “Cuando vas a detenerlos, resulta que uno es de la organización de fulano, el otro de la banda de mengano, el otro…”, cuenta el comisario Duarte.
Pero los hombres que descargan la droga a pie de los acantilados y los transportistas que la trasladan a un lugar seguro corren un gran riesgo por unos pocos miles de euros: mientras que una persona que va a ganar en la operación 500 millones puede ser sentenciada a 12 o 14 años de cárcel, ellos pueden pasar un decenio entre rejas. Hace dos años, el Tribunal Supremo dictó sentencia sobre una operación denominada Tabaiba que envió a prisión a 15 miembros de las dos mayores organizaciones de narcotransportistas que había en 2009. Fueron intervenidos alrededor de 5.000 millones de euros en propiedades, pero el 99,9% de ellas estaban en manos de solo tres personas. Las demás no tenían absolutamente nada. “Me consta que una de ellas, a la que le han caído 10 años, estaba recibiendo ayuda de Cáritas de Vilanova de Arousa para dar de comer a su esposa y a sus hijos”, asegura el inspector jefe Rodríguez Ramos.


Los nuevos amos de la coca en Galicia


Cajas con droga en el garaje de la vivienda. En la segunda foto, un policía separa uno de los paquetes de cocaína.
Cajas con droga en el garaje de la vivienda. En la segunda foto, un policía separa uno de los paquetes de cocaína. 


El periodista Víctor Méndez ha identificado varias de esas organizaciones. Entre ellas destacan Os Piturros y Os Peques, en Vilanova de Arousa, y Os Lulús, en la Costa da Morte. Cuando las planeadoras cargadas de cocaína descubren que hay vigilancia al sur de la ría de Arousa, viran hacia el norte, a Riveira. Si allí también las esperan, enfilan hacia la Costa da Morte. Es el lugar preferido de los narcotraficantes para descargar. Os Lulús controlan las escasas carreteras y tienen chivatos en toda la zona. El terreno abrupto hace que las fuerzas del orden tarden hasta dos horas en ir desde la carretera principal hasta el lugar de la descarga. Cuando consiguen llegar, todo ha terminado.
El negocio. Para unos pocos, el tráfico de cocaína es un negocio suculento. Un kilo de droga cuesta 2.200 euros en la selva colombiana, 29.000 en las playas de Galicia y 60.000 al menudeo en las calles de Madrid, Barcelona o Sevilla. El problema está en llevarlo desde el primer punto hasta el último. Y en ese trabajo los gallegos pasan por ser los mejores de Europa. “Hay dos grandes grupos con capacidad económica para organizar operaciones”, afirma el inspector jefe Rodríguez Ramos. No solo llevan la droga a Galicia. Sus cargamentos pueden viajar en contenedores que entran por el puerto de Algeciras, por el de Valencia o por el de Róterdam. Pero el papel fundamental de los gallegos es el que señaló Sito Miñanco poco antes de que la policía lo cogiera cuando acababa de introducir 616 kilos en un contenedor por Róterdam y se disponía a meter otros 3.800 en España en un remolcador: “Lo nuestro es el mar”.
La cocaína entra en Galicia por tres medios: contenedores, pesqueros y planeadoras. Las rutas marinas han repuntado en los últimos dos años, según Jaime Gayá, jefe de Aduanas de Galicia: las 11,6 toneladas aprehendidas en el mar y en los puertos en 2017 se convirtieron en 31,6 en 2018. Esa tendencia se mantuvo el año pasado; hasta octubre habían sido intervenidas 25,3 toneladas.
“En Galicia hay mucha tradición de construcción naval”, dice Gayá. En la ría de Arousa abundan los astilleros. “Muchas de las narcolanchas que han sido interceptadas en el Estrecho habían sido construidas en Galicia”, añade. En lugares como O Facho la policía ha decomisado varias. Y en Graünner ha entrado varias veces. “Las nuevas lanchas tienen 20 metros de eslora y llevan siete motores de 300 caballos cada uno. El depósito ocupa toda la quilla. Pueden ir desde aquí a Cabo Verde”, explica Ambrosio Fontes, patrono de la Fundación Galega contra o Narcotráfico y funcionario del Servicio de Vigilancia Aduanera. Los pilotos gallegos tienen una fama bien ganada. Algunos de ellos conducen planeadoras en el Estrecho, cobran en hachís y lo llevan a Galicia.


Dos policías custodian la entrada de la vivienda de Pontevedra mientras sus compañeros registran el interior.
Dos policías custodian la entrada de la vivienda de Pontevedra mientras sus compañeros registran el interior. 


Cuando diseñó la operación que lo llevó a la cárcel hace un año, Miñanco utilizó los tres medios: un mercante que iba cargado de droga hacia Holanda, un pesquero para darle cobertura y potentes planeadoras para recoger parte de la cocaína cuando pasara ante la costa de Galicia. Los capos colombianos no pagan a los gallegos en dinero, sino en droga. “De esa forma consiguen que no sean solo transportistas, sino dueños de parte del alijo”, explica el fiscal antidroga de Pontevedra, Pablo Varela. “Si pierden los colombianos, también pierden los gallegos. Así coinciden los intereses de unos y otros”.
La comisión oscila entre el 20% y el 25% del alijo, y suele ser entregada en el mar, a 85 millas de la costa. Los mercantes arrojan por la borda los fardos, impermeabilizados y dotados con balizas. La mayor parte de las veces son recogidos por planeadoras. En otras ocasiones, un pesquero que está faenando cerca es el encargado de rescatarlas e introducirlas en su puerto base. En ambos casos son necesarias muchas personas para llevar a cabo la operación: comisionistas, marineros, pilotos de lanchas, alijadores, almacenistas… Estos últimos suelen retener la droga cuando el precio está muy bajo por el exceso de oferta, a la espera de que suba. Los altibajos no afectan al gramo en la calle, que se mantiene entre 50 y 60 euros para sostener el consumo.
Los emigrantes. Desde sus mansiones de O Salnés, los capos gallegos observan con preocupación la creciente presión de la policía. España es el país europeo que más cocaína interviene. En 2017, último del que hay datos completos, fueron 49,9 toneladas, casi la mitad del total. “La entrada de la droga no se produce solo por los puertos gallegos. Hay organizaciones de aquí que han utilizado puertos portugueses, como el de Leixões, en Oporto, para introducir cocaína destinada a Galicia”, dice el teniente Abel Rodríguez, jefe del Equipo de Delincuencia Organizada y Antidroga (EDOA) de la Guardia Civil de Pontevedra. Como para darle la razón, las autoridades desactivaron en enero una red que intentaba meter la droga oculta en bananas a través de ese puerto.


Los nuevos amos de la coca en Galicia


Entrada al astillero Facho. Abajo, el fiscal Antidroga de Pontevedra, Pablo Varela, en la sala de reuniones de la Fiscalía.
Entrada al astillero Facho. Abajo, el fiscal Antidroga de Pontevedra, Pablo Varela, en la sala de reuniones de la Fiscalía. 


Los tentáculos de los narcos llegan mucho más lejos en su afán por buscar territorios a los que desplazar parte de su infraestructura y abrir vías de acceso para la droga en el continente. El 12 de noviembre pasado fue detenido en Panamá José Carlos Pombar, un hombre de 64 años que permanecía huido de la justicia desde 2004. Pombar, que intentaba entrar en el país con un pasaporte de Guinea-Conakry, está considerado el narcotraficante gallego más importante de los muchos que se han afincado en África en los últimos años. Su trabajo consistía en recoger toneladas de cocaína en el mar y almacenarla en países como Mauritania, Guinea-Bisáu, Guinea-Conakry y Nigeria. Al igual que operan sus paisanos, cuando se aproximaba un buque cargado de droga procedente de Latinoamérica, embarcaba en uno de sus pesqueros a una tripulación de su máxima confianza y lo enviaba a su encuentro. En la zona donde faenan todos los barcos se producía el trasvase de la droga. La mercancía es descargada en el puerto y guardada en almacenes. Cuando sus jefes de la ría de Arousa lograban venderla, él la enviaba al lugar convenido escondida entre el cargamento de pescado: Galicia, Inglaterra, Holanda…
Como Pombar, muchos de los gallegos que residen en África tienen cuentas pendientes con la justicia en España. Entre ellos figuraba hasta hace unos meses, cuando fue detenido, Juan Carlos Fernández Cores, alias El Parido, que introdujo en 2009 casi 3.000 kilos de cocaína por la Costa da Morte. También Baltasar Vilar Durán, alias Saro, que fue un conocido piloto de planeadoras y desapareció a finales de 2013 al saber que iba a ser condenado a 22 años de cárcel. Y, por supuesto, Miguel Ángel Devesa. Este expolicía —fue expulsado del cuerpo— fue detenido en 2011 en una nave de Bamako (Malí). Cuando los agentes locales le preguntaron por qué había tanta sangre en el suelo, respondió que él y sus amigos acababan de matar un cordero para celebrar el Ramadán. Y cuando los agentes descubrieron el cuerpo descuartizado de un colombiano en el congelador, intentó sobornarlos con 20.000 euros. Ellos rechazaron el dinero y se lo llevaron detenido. Días después, las autoridades llegaron a la conclusión de que había estado implicado en el caso denominado air cocaine: un Boeing 727 que había aterrizado dos años antes en el desierto con entre cinco y diez toneladas de droga. Solo cumplió dos años de cárcel. La policía está convencida de que sigue en activo.
Tras África, el próximo lugar en la expansión del negocio gallego del narcotráfico puede ser Turquía. Los capos han enviado allí personas de su confianza para ver qué barcos podrían contratar.
La sociedad. En una céntrica plaza de Vilagarcía de Arousa, cerca de las casas de los narcotraficantes, un gran cartel azul y blanco anuncia la sede de la Fundación Galega contra o Narcotráfico. Creada en 1994, sus oficinas ocupan el primer piso de un edificio de viviendas. El comisario Duarte afirma que, de no ser por ella, Galicia habría sido abandonada a su suerte.
El gerente de ese organismo, Fernando Alonso, defiende con vehemencia que la sociedad rechaza el narcotráfico, pero admite con pesar que no muestra la misma contundencia cuando se trata de rechazar el dinero que genera: “En determinados círculos persiste la cultura del delito como forma de vida. Se ha ido trasladando de padres a hijos y a nietos, y lleva a olvidarse del origen que han tenido algunas empresas. Un señor que abre un bar y vende los cafés a 50 céntimos, otro que ofrece las zapatillas deportivas a mitad de precio… Esas no son empresas, son lavadoras de dinero”.


Vista de Costa da Morte, zona preferida por los narcotraficantes para hacer las descargas de cocaína.
Vista de Costa da Morte, zona preferida por los narcotraficantes para hacer las descargas de cocaína. 


Los responsables políticos tienden a relativizar el problema. El alcalde de Vilagarcía asegura que la imagen de la ría de Arousa que tiene la gente está “totalmente distorsionada”. Y echa mano de las estadísticas: “El índice de delitos está en un 22%, cuando la media española está en un 44%. Es una zona muy tranquila, en la que tenemos un centro de investigaciones marinas que es un referente europeo, el centro de vela, de donde han salido medallistas olímpicos…”. Félix Porto (PP), alcalde de Muxía, capital de la Costa da Morte, ni siquiera acepta nombrar el problema: “A Muxía le encuentro muchos atractivos, y ese no es uno de ellos. Mi función es defender las cosas buenas de la ciudad”.
Para el periodista Víctor Méndez, el problema de la sociedad gallega, más que de complicidad, es que mira para otro lado. “Mucha gente sabe a lo que se dedica su vecino, pero no lo denuncia. Dice: ‘Mientras no me cree problemas a mí, que haga lo que quiera”. El resultado es que parece que el conflicto no existe. Y eso, exactamente, es lo que les interesa a los narcotraficantes.
La policía sufre ese silenciamiento. A pesar de que cuenta con una página de Internet donde cualquiera puede hacer una denuncia anónima, el jefe del Greco Galicia asegura que la gente tiene miedo: “Hay algunas denuncias, pero muy pocas. Poquísimas”. Mientras tanto, los narcos siguen haciendo su trabajo. “Si bajamos la guardia, nos comen”, dice el comisario Duarte. 

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