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Lily, la prostituta que no pudo ser rescatada

La policía investiga a los explotadores sexuales de la mujer fallecida por una enfermedad, que ejercía en El Raval

Una mujer ejerciendo la prostitución en la calle d'En Robador del Raval.

Una mujer ejerciendo la prostitución en la calle d'En Robador del Raval. CARLES RIBAS
Lily llegó en 2012 a la calle d'En Robador de Raval: esa vía semipeatonal, repleta de mujeres a lado y lado que ejercen la prostitución. En el barrio enseguida se dieron cuenta de su presencia. “Era la primera en llegar y la última en irse”, cuentan quienes la conocían. Hablaban con ella a diario, los días que tenía moratones en la cara, y los días que no. “Pero nunca quiso colaborar”, lamentan fuentes policiales. Lily, el sobrenombre con el que se hacía llamar, falleció el sábado de la semana pasada en el hospital del Mar fruto de la leucemia que sufría.
Desde hace más de un año, los Mossos d’Esquadra y la Guardia Urbana perseguían la manera de atrapar a las personas que creen que la explotaban sexualmente y golpeaban. “Al principio de llegar a Barcelona, pidió ayuda. Pero durante el periodo de reflexión —al menos 30 días para pensarse si quieren denunciar—, se echó atrás”, recuerdan. Y ya nunca más hubo ninguna opción. Lily hablaba con los agentes, los conocía y saludaba, pero cuando intentaban cualquier aproximación a su situación en la calle, la mujer los rehuía y se cerraba en banda.
Originaria de Moldavia, Lily llegó al Raval cuando todavía era una veinteañera. Ha vivido en infinidad de lugares, pero en los últimos tiempos residía en la misma calle d’En Robador. “Menos cuando estaba con un cliente, la veías siempre en la calle: fuesen las diez de la mañana o las tres de la madrugada”, explican con impotencia personas que intentaron ayudarla. Su obsesión eran sus hijos que, según fuentes policiales, estaban en Rumanía. La sospecha es que la organización que la llevó a Barcelona amenazaba con hacerles daño si ella dejaba de trabajar para ellos.
La mujer ingresó la semana pasada en el hospital del Mar después de desmayarse. Probablemente, antes la habían golpeado, la policía sospecha que quizá para que trabajase. Pero no hay duda de que la mujer no murió de eso, sino de la leucemia que padecía. Su fallecimiento ha conmocionado a sus compañeras, que han pedido silencio y que se deje trabajar a los jueces y a policías, y a los vecinos del barrio, que la veían a diario. “Era una de las pocas mujeres que se paraba a hablar con otras madres sobre sus hijos”, cuenta Ivan Rivera, de la asociación de vecinos Illa RPR (Robadors-Picalquers-Roig), que ha denunciado el caso.
También el Ayuntamiento de Barcelona ha expresado su “dolor” y asegura que utilizó “todos los mecanismos municipales para mejorar su situación”, que incluyeron su caso en los circuitos contra el tráfico de seres humanos y que informaron a jueces y policías. “Lo había seguido personalmente”, tuiteó este domingo la concejal Laura Pérez, de Feminismos. Fuentes implicadas en la situación de Lily subrayan también que se intentó ayudarla desde todas las áreas. “Pero está claro que en alguna cosa debemos haber fallado”, se lamentan.
El caso sigue judicializado y ni Mossos ni Guardia Urbana tiraron la toalla en intentar esclarecer quien estaba detrás de los moratones y de los miedos de Lily. “Ella siempre decía que era un cliente. Una vez puede ser, pero siempre…”, explican fuentes policiales. “Nunca quería ir al médico, quizá con otro tipo de vida podría haberse tratado de su enfermedad”, se quejan, ante la impotencia de ver cómo la mujer iba degradándose.
“En los últimos meses había perdido al menos 10 kilos”, asegura Ivan Rivera, vecino del Raval que la veía a menudo, y no ha olvidado el día que se la encontró con “los ojos muy negros, los dos, y la nariz deteriorada”. “Pero ella no quería reconocerlo. Nunca. Y veíamos como acumulaban problemas físicos y problemas psicólogicos, trabajando infinidad de horas”, lamentan quienes estaban cerca de ella. “Es un caso paradigmático, como una víctima que no se reconoce como tal, que no quiere colaborar en nada… Un caso muy duro”, insisten.
Lily, de unos 30 años, enferma terminal, no dejó de trabajar en la calle. Posiblemente, indican, ni siquiera supiese que estaba enferma. “Lily ya no ha aguantado más, ha reventado”, dicen con pena, sobre su final. El Ayuntamiento se hará cargo de su entierro. “No puede quedar impune”, subrayó la concejal Pérez, en Twitter. “La muerte de Lily nos confronta con las carencias de un sistema que no la ha podido proteger”, concluyó
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