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Internacional Reaccionaria; ¿respuesta emancipadora?

Un análisis de la actualidad internacional a través de artículos publicados en medios globales seleccionados y comentados por la revista CTXT


El presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, en un acto con agricultores en Ribeirao Preto, el pasado 30 de abril.

El presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, en un acto con agricultores en Ribeirao Preto, el pasado 30 de abril.  REUTERS
Sacudida por la violencia xenófoba, partida por una crisis de legitimidad institucional y polarizada en torno a la esencia misma del país y quiénes deben formar parte de él. Así afronta la sociedad estadounidense las elecciones legislativas que renovarán la semana próxima buena parte de las dos Cámaras de su Congreso y redistribuirán el poder en los Estados federales. La cita promete ser un punto de inflexión en el mandato de Donald Trump. El presidente y su partido han gozado hasta ahora de una mayoría absoluta en la Cámara de Representantes y el Senado. Sabedor de que podría perderla el próximo 6 de noviembre, Trump ha sacado el librillo trumpiano y apretado el acelerador en el asunto que definió su ascenso político: el miedo a la inmigración.
El presidente anunció el envío de miles de soldados (para el miércoles por la noche la cifra había ascendido a 15.000) a la frontera con México para detener la “invasión” de la caravana de decenas de miles de migrantes centroamericanos que se disponen a pedir asilo en suelo estadounidense. Horas después, declaró su intención de cancelar por decreto la concesión de la ciudadanía a los hijos de inmigrantes nacidos en EE UU, contraviniendo así la decimocuarta enmienda constitucional, aprobada en 1868 para otorgar la ciudadanía a los antiguos esclavos. Todo vale en campaña, en especial contra quienes no votan.
En la web de The New Yorker, John Cassidy analiza el giro estratégico de Trump a una semana de las elecciones, con el país todavía compungido tras el tiroteo en una sinagoga de Pittsburgh la semana pasada. Todo una “Operación Distracción”, según Cassidy, bien apuntalada por unos medios de comunicación incapaces de seguir otra agenda que la impuesta desde la Casa Blanca. “Por supuesto, no hay ninguna invasión”, escribe Cassidy, “ni tan siquiera una amenaza de invasión. Pese a su aumento en los últimos meses, los cruces fronterizos ilegales ascienden a apenas un cuarto de los que se daban en el año 2000”. (Aunque ha aumentado la migración de centroamericanos que huyen de la violencia, la de mexicanos, inmensa mayoría antaño, se ha desplomado en la última década).
Cassidy señala que la caravana de inmigrantes se encuentra a casi 2.000 kilómetros de EE UU y que, incluso si lograse llegar a suelo estadounidense, los 60.000 efectivos de la Guardia Fronteriza podrían hacerse cargo de ellos. Poco le importan esos detalles a Trump, decidido a aumentar la participación de un electorado republicano “del que tiene una opinión muy baja”. Por eso, con el apoyo de varios pesos pesados del partido, “promete mandar el ejército, reescribir la Constitución y vaya usted a saber qué en los próximos días”.
Precisamente sobre la construcción de un aparato de represión migratoria trata el reportaje estrella de la última edición de la revista Harper’s, en colaboración con Texas Monthly. Escrita con un febril pulso narrativo, la crónica de Melissa del Bosque entrelaza la turbadora historia personal de una ciudadana estadounidense enredada en la trama del Customs and Border Protection (CBP), la guardia fronteriza estadounidense, con un riguroso estudio de la misma. En él, Del Bosque repasa los orígenes de la institución, bien enraizada en la “paranoia de la Guerra Fría” y cómo los sucesivos gobiernos de ambos signos la han ido fortificando, dotándola de poderes –e impunidad– sin parangón dentro del sistema de justicia criminal estadounidense, mientras expandían su ámbito de actuación geográfico y jurisdiccional. “Resulta que la definición legal de ‘la frontera’ es inquietantemente amplia”, escribe Del Bosque. “Unos 200 millones de personas –casi dos tercios de los estadounidenses– viven dentro de la ‘zona fronteriza’, definida por el Departamento de Justicia como el área incluida en 100 millas aéreas de cualquier límite terrestre o costero de los EE UU”.
Trump ha prometido expandir aún más el CBP y ha convertido al organismo y su sindicato en símbolos de su guerra contra el inmigrante, que se extiende tanto a los indocumentados como a las decenas de millones de inmigrantes que residen legalmente en el país. El legendario programa de radio documental This American Life dedicaba un reciente episodio al sinfín de maneras en las que el Gobierno de Trump está tratando de dinamitar las avenidas de emigrar a Estados Unidos. La estrategia consiste en desmantelar concienzudamente el programa de admisión de refugiados, estirar los plazos de todo tipo de solicitudes con el fin de que el desánimo empuje a los aspirantes a retirarlas y en abrir una pugna interna en la Administración para dar carpetazo a programas como el que impide que medio millón de personas sean deportadas a países en guerra o en recuperación tras una catástrofe natural. El programa resulta en un cuadro cubista de un Gobierno empeñado en Hacer a América Blanca Otra Vez.

Supremacismo asesino

Hay quienes recogen el guante para empuñar el gatillo. Se van conociendo más detalles sobre Robert Bowers, el asesino de la sinagoga de Pittsburgh, y sus motivaciones. La escritora rusa Masha Gessen analiza la fijación de Bowers por la Asociación Hebrea de Ayuda al Inmigrante (HIAS, en sus siglas en inglés). La asociación, fundada en 1881 para ayudar a los judíos que huían de los pogromos de la Rusia zarista, fue después adaptándose a los tiempos y terminó enfocando su labor en otros colectivos excluidos que buscan refugio. Fue esta labor la que le granjeó el odio de la extrema derecha sionista, que la acusa de lucrarse incitando la admisión de refugiados sirios, y de supremacistas blancos como Bowers.
“Bowers no es la única persona aparentemente obsesionada con la HIAS”, escribe Gessen. “La extrema derecha lleva un buen tiempo diabolizando a la organización. La derecha antisemita ha acusado a la HIAS de traer a inmigrantes a Estados Unidos en un sistema urdido para, supuestamente, beneficiar a los judíos”. Gessen, que conoce de primera mano la labor de la HIAS al ser ella misma refugiada, repasa los mensajes del asesino en foros de Internet, que guardan una semejanza escalofriante con los tuits de Trump. “A la HIAS le gusta traer invasores que matan a nuestro pueblo. No puedo quedarme quieto y ver a mi gente masacrada. Me da igual cómo quede esto, voy a entrar hasta el fondo”.
Para Gessen hay una correa de transmisión directa entre el discurso de Trump y las convicciones de asesinos como Bowers. “El presidente aviva la llama del odio a los inmigrantes, los transexuales y los musulmanes. En la mente de Bowers, el HIAS, con su compromiso de ayudar a los desplazados del mundo, se convierte en el blanco perfecto de todos los odios. El mensaje de Trump se transforma en la idea de que Washington no está haciendo lo suficiente, terrorista es igual a refugiado, que es igual a HIAS, que es igual a judío”. La imagen del mundo de Bowers, apunta Gessen, es “un reflejo distorsionado de Donald Trump”. A veces el reflejo aparece casi inmaculado, sin mediar distorsión alguna. Esta misma semana, a escasos cuatro días de la masacre de Pittsburgh, el propio Trump insinuaba otra teoría conspirativa favorita de la extrema derecha supremacista, que sostiene que el multimillonario judío George Soros está detrás de la caravana de migrantes hondureños que camina hacia Estados Unidos. “No me extrañaría”, decía el presidente.
Estudiantes de Chatham University se abrazan durante un homenaje este jueves a las víctimas de la matanza en la sinagoga de Pittsburgh.
Estudiantes de Chatham University se abrazan durante un homenaje este jueves a las víctimas de la matanza en la sinagoga de Pittsburgh.  AP
No es la mano de Soros, sino la del Tío Sam la que empuja a los centroamericanos hacia el Norte. Así lo cuenta Belén Fernández en la web en inglés de Al Jazeera. Fernández propone una sucinta lección de historia, que repasa desde la guerra sucia de las Contras financiadas por Reagan en los ochenta al apoyo al régimen de extrema derecha de El Salvador –cuyas decenas de miles de asesinatos empujaron a muchos a huir hacia Estados Unidos, donde algunos se sumaron a pandillas antes de ser deportados de vuelta a sus países por Bill Clinton–, hasta el asesinato o desaparición de 200.000 guatemaltecos tras el golpe apoyado por la CIA en 1954.
Su relato no termina con la Guerra Fría. Tiene un capítulo clave en el golpe apoyado por EE UU en 2009 en Honduras, que dio paso a un “clima general de impunidad que permitió una escalada de homicidios”. Por algo Honduras, país de origen, precisamente, de la caravana que anima la campaña de Trump, luce el título de “capital mundial del asesinato”. La “verdad incómoda”, concluye Fernández, es que “la política exterior de EE UU en Centroamérica en las últimas décadas –compuesta por ‘ayuda masiva’ a dictadores, escuadrones de la muerte y otras entidades violentas– es la primera a la que hay que agradecer la migración hacia EE UU”.
Era de esperar que Trump agite el fantasma de la “invasión” inmigrante para pescar votos. Lo sorprendente es que se esté forjando una alternativa política en las antípodas de su mensaje nativista. Y que tenga éxito. La ortodoxia de los gurús demoscópicos viene augurando desastres para quienes acepten el marco de la derecha situando la inmigración en el centro del debate. Pues bien –y en esto también es novedoso EE UU– avanza en los últimos tiempos una corriente que no sólo no rehúye ese marco, sino que bien podría hacerlo reventar.
Así lo cuenta el editor de la revista N+1, el historiador Greg Afinogenov, quien hace hincapié en el efecto aglutinador de las imágenes del horror en la frontera que, dice, han definido ya la presidencia de Trump, llevando a muchos a cuestionar hasta su raíz las políticas migratorias del país en los últimos cincuenta años. “Las masas liberales o apolíticas que están dispuestas a hacer una analogía entre los campos de concentración de inmigrantes y el Holocausto han aceptado, no siempre conscientemente, la dignidad moral de los inmigrantes, la imposibilidad de negociar o transigir con el sistema que los detiene, y lo inadecuado del voto como único medio para destruirlo. Estamos ante una oportunidad de gran importancia”.

Contraataque racializado

Algunos la están aprovechando. Los vigorosos movimientos por los derechos de los inmigrantes (por el derecho a tener derechos) empiezan a cristalizar en la política institucional. Impulsados por la barbarie de políticas como la separación de familias en la frontera, y aupados también por los cambios demográficos de un país cada vez más diverso, surgen por todo el país candidatos del ala más progresista del partido demócrata –a menudo afiliados a partidos a la izquierda de este– que han puesto la inmigración en el centro de su discurso y su programa. La periodista Kim Kelly repasa en Teen Vogue algunas de las figuras más destacadas de la insurrección, que tomaron por sorpresa a candidatos del aparato del partido demócrata en las primarias y van camino de copar buena parte del congreso.
Lejos de replegarse, estos jóvenes, en su mayoría mujeres de minorías raciales, deciden jugar el partido en el terreno supuestamente hostil de la inmigración, con un mensaje inclusivo y a menudo radical. Propugnan políticas como la abolición de la policía migratoria o la legalización masiva de indocumentados. Y están arrastrando al Partido Demócrata, incluidos sus pesos más pesados y conservadores, a posturas en materia migratoria que les sitúan a la izquierda del centroizquierda y de buena parte de la izquierda europea.
Donde asoma un duro invierno para la izquierda es en Brasil. No hubo vuelco, y se impuso el líder ultraderechista, nostálgico de la dictadura militar, que promete perseguir a la oposición política y las minorías. ¿Cuándo se jodió el Brasil? Es la pregunta vargallosesca que ronda el análisis de quienes miran consternados al país de la samba. En una autopsia plagada de claves en forma de mapas demográficos y anécdotas de mucho valor, la revista australiana Overland repasa las claves de la victoria de Bolsonaro. “El fascismo es amorfo en cualquier era, pero en la época de las fake news, la negación de la evidencia –del debate racional– es más fácil que nunca”, señala Freg J. Stokes, el autor del artículo, que lleva un mes recorriendo Brasil abastecido de agudas preguntas y en busca de respuestas.
“Bolsonaro se ha sabido convertir en un test de manchas de tinta Rorschach: cada votante puede elegir el elemento de su intolerancia y violencia que les resulte atractivo, e ignorar las partes en las que ataca a su propio grupo. Es una especie de interseccionalidad a la inversa, donde los oprimidos se vuelven contra los oprimidos, y acto seguido hacen piña para elegir a un defensor reaccionario de las élites empresariales y militares del país”. Stokes concluye que Brasil presenta una siniestra novedad para el futuro el resto del mundo: el fascismo multicultural. “El antisemitismo nazi no asoma aquí, al menos no explícitamente. En su lugar, el enemigo es una (racializada) subclase criminal, mezclada con la oposición izquierdista criminalizada y con unas dosis de desviados sexuales asimismo criminalizados”.

Canadá lo festeja

¡Alegren esa cara! Eso parece decir la radiotelevisión pública canadiense, que publicaba un análisis con un título para enmarcar: “El nuevo presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, es un derechista que se inclina por unos mercados más abiertos. Esto podría suponer nuevas oportunidades para las empresas canadienses que busquen invertir en el país, rico en recursos”. El artículoesconde, sin embargo, una realidad incuestionable: el capital extranjero, en especial el extractivista que Canadá domina, tiene mucho que ganar con Bolsonaro. “Para las empresas canadienses, la presidencia de Bolsonaro podría abrir nuevas oportunidades de inversión, ya que se ha comprometido a recortar regulaciones medioambientales en la selva del Amazonas y a privatizar empresas estatales”. Con el 60% de las empresas de minería que cotizan en Bolsa haciéndolo en el mercado de valores de Toronto, concluye el artículo, “las pérdidas para la selva del Amazonas bajo el Gobierno de Bolsonaro podrían traducirse en grandes ganancias para los inversores canadienses”.
Los tenedores de capital brasileños tampoco parecen demasiado preocupados. En una entrada de su blog, el periodista económico Doug Henwood compara la evolución de la Bolsa brasileña y la mexicana a partir de las elecciones de Bolsonaro y el líder de centroizquierda Andrés Manuel López Obrador. Los mercados mexicanos registraron una fuerte caída –del 17,9 %– que coincide casi al milímetro con el ascenso del 19,4% en Brasil desde la primera vuelta de las elecciones. “¿Qué importa el derramamiento de sangre cuando se puede ganar dinero?”, se pregunta Henwood.
El que se relame es Steve Bannon. El exsesor de Donald Trump, antiguo estratega en jefe de la Casa Blanca y Cid Campeador de la Alt-Right, cuenta entre sus escasas virtudes con un desinhibido don para el oportunismo –y su reverso, la desvergüenza-. Se deslizó por Italia cuando olió el aroma pardo-padano de Matteo Salvini. Degustó un gulasch en Praga para hacerse la foto con la extrema derecha de la Europa del Este, no se fuera a decir. Y ahora se aparece en el Cono Sur con una entrevista a favor de obra en el diario chileno El Mercurio, en la que destila la euforia de quien ha dejado el bourbon por las caipiriñas.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en un acto el viernes en Varna, Bulgaria.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en un acto el viernes en Varna, Bulgaria. EFE
Bannon, que se apresura a recalcar que se reunió con los hijos del presidente Bolsonaro en Nueva York hace unas semanas para asesorarlos, celebra el ascenso del “héroe” al tiempo que se declara “antifascista”, “individualista” y “partidario de la deconstrucción del Estado administrativo”, antes de regalar un piropo al Chile de Piñera, vía Pinochet, con un entrañable sentido de la alt-history, en la que los Chicago Boys aparecen disfrazados de Chicos del Valparaíso (¿sería Clint Eastwood Patricio Guzmán con botas cowboy-gaucho?): “Lo increíble es que ustedes le dieron una lección a los grandes iconos conservadores, Margareth Thatcher y Ronald Reagan”.
Quien se apunta a un bombardeo, y por supuesto al proyecto de la Internacional Reaccionaria que capitanea, después de muerto, Bannon, es Benjamín Netanyahu. El primer ministro israelí fue el primero en felicitar a Trump e invitarle a su país, y sus asesores parecen haber filtrado a Haaretz que planea acudir a la investidura del exmilitar en Brasilia. En Le Monde Diplomatique, Dominique Vidal detalla el peligroso baile del líder israelí con la extrema derecha europea. Netanyahu, cuenta el periodista e historiador, ha apostado por hacer un frente común antiislamista con personajes del pelaje del primer ministro húngaro Viktor Orbán o el líder ultraderechista holandés Geert Wilders. “Esto lo dice todo”, apunta Vidal. “En su cruzada contra los palestinos, la derecha y ultraderecha israelí está dispuesta a formar cualquier alianza, por impía que resulte. De modo que el flirteo que Netanyahu y sus aliados vienen llevando a cabo con los partidos de la derecha populista europea aparece ya como una pasión duradera, incluso si estos objetos de su deseo apenas son capaces de disimular su antisemitismo”.

Izquierda solitaria y final

¿Qué propone pues la izquierda? Algunos llaman al repliegue identitario, convencidos de que para cerrar la herida de los Trump, Netanyahu u Orbán toca apretar las filas patrias, incluso si eso supone dar la espalda a los inmigrantes. Otros, como el escritor Jamie Merchant, alertan contra la tentación del nacionalismo, por muy económico u obrerista que luzca. En un ambicioso artículo publicado en The Baffler, y traducido esta semana para CTXT por Álvaro San José, Merchant aboga por resucitar una vieja bandera de la izquierda: el internacionalismo. “Aceptar el marco del nacionalismo económico”, arguye Merchant, “es creer que los trabajadores de diferentes países están obligados de forma inevitable a competir económicamente entre ellos, por lo que las ganancias obtenidas por los trabajadores de un país sólo se consiguen a costa de las pérdidas de otros. En esta época de rechazo popular contra los fracasos de la globalización, esto podría parecer plausible, pero los socialistas y la izquierda en general no deberían dar cabida a este tipo de posturas. La lógica del nacionalismo económico resulta fatídica para las perspectivas de revitalizar la izquierda. Es precisamente la lucha compartida contra la depredadora plutocracia mundial, que está acumulando más riqueza que nunca, la que debería unir a los trabajadores más allá de las fronteras nacionales”.
Se pueden reír, acusar a Merchant de iluso, pero mientras lo hacen la derecha de los Bannon y Bolsonaro parapeta su Internacional Reaccionaria, al tiempo que la izquierda repliega velas y renuncia al universalismo... ¿Alguien da más?
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