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Cuando el suelo se hace líquido y engulle todo

En la ciudad indonesia de Palu centenares de casas desaparecieron en una masa fangosa al desestructurarse la tierra por el fuerte seísmo

Ambo Pawe y sus dos hijos rebuscan entre las ruinas de su vivienda en el barrio de Balaroa (Palu).


Ambo Pawe y sus dos hijos rebuscan entre las ruinas de su vivienda en el barrio de Balaroa (Palu).XAVIER FONTDEGLÒRIA

Ambo Pawe, de 50 años, y sus hijos Are y Sari hallaron los restos de su vivienda a 100 metros de donde estaba. El potente terremoto (y posterior tsunami) que asoló la isla indonesia de Célebes hace una semana convirtió el suelo sobre el que se asentaba su casa en una masa líquida que la engulló. Ocurrió con su vivienda, con edificios enteros y las personas que los habitaban.


No solo tembló la tierra, sino que en cuestión de minutos la fuerte sacudida (de magnitud 7,5) desató un fenómeno geológico que puede afectar a suelos arenosos o saturados de agua y humedad, como los de la ciudad de Palu, la más afectada por el desastre. Las capas de terreno bajo la superficie perdieron resistencia por la violenta convulsión, que elevó la presión del agua, se desestructuraron y se hicieron fangosas, casi líquidas. Es la licuefacción, que hundió la tierra y causó deslaves que se llevaron por delante, según un recuento de los primeros días, al menos 1.700 casas en Balaroa, el barrio de Palu en el que vivía Pawe.
Siete días después de la catástrofe, este campesino y sus hijos peinan los restos del tercer piso de su casa, el único que ha quedado en la superficie después de que el terreno perdiera toda consistencia y se tragara el resto. Pawe intenta recuperar algunos objetos y recuerdos. La familia ha perdido a seis miembros: dos abuelos, tres hijas y una tía. Quedan dos cuerpos por hallar y es posible que nunca los encuentren.
Siete días después de la catástrofe, este campesino y sus hijos peinan los restos del tercer piso de su casa, el único que ha quedado en la superficie después de que el terreno perdiera toda consistencia y se tragara el resto. Pawe intenta recuperar algunos objetos y recuerdos. La familia ha perdido a seis miembros: dos abuelos, tres hijas y una tía. Quedan dos cuerpos por hallar y es posible que nunca los encuentren.
Los que sobrevivieron tardaron tres días en saber adónde fue a parar su casa. Ayer apenas rescataron una bolsa con ropa y varios documentos, entre ellos, el diploma de graduación de la escuela de secundaria de una de sus hijas fallecidas, Siti, de 17 años. “Era una estudiante brillante. Hablaba el mejor inglés de toda la ciudad”, presume el padre. Pawe y sus dos hijos varones se salvaron porque esa tarde estaban en Pasangkayu, a unas tres horas en coche desde Palu.
Cuentan los vecinos de Balaroa que la carretera de acceso al barrio era una cuesta pronunciada, algo difícil de imaginar ahora que queda una vía casi plana. El paisaje es desolador. Ni una de las 500 casas aguantó el golpe y los edificios han quedado sepultados. En algunos casos se hundieron 10 metros bajo tierra al abrirse el suelo por la licuefacción. “Parecía una olla de sopa removiéndose”, describe el momento en que el terreno perdió toda consistencia Dirman Sandewar, de la Agencia de Rescate de Indonesia.
En Petobo, un pueblo cercano a Palu, ocurrió un fenómeno similar, con la diferencia de que allí el suelo se levantó de forma repentina formando una ola de barro que lo cubrió todo. “Ni siquiera sabemos de dónde procede toda esta tierra”, dice Awal Hidayat, de 42 años y responsable logístico del operativo de la agencia de rescate en esa zona. Ha pasado una semana, pero el barro sigue blando. “Son condiciones muy difíciles para trabajar, en algunas zonas incluso necesitamos cuerdas porque es algo similar a unas arenas movedizas”, explica Hidayat, sin querer estimar cuánta gente podría estar sepultada. “Harán falta años para que la zona se recupere del desastre”, se lamenta.
Las condiciones son difíciles en todas partes.
En el barrio de Balaroa, los equipos de rescate solo logran recuperar unos pocos cuerpos al día a pesar de trabajar más de 12 horas. “Tardamos entre una y cinco horas en sacar cada cuerpo. Básicamente nos guiamos por el olor para saber dónde empezar a buscar”, explica Sandewar. Es difícil saber cuánta gente hay bajo tantas toneladas de escombros, pero calculan que cerca de un millar. “Es imposible sacarlos a todos. Trataremos de recuperar el mayor número posible hasta que nos tengamos que ir. Pero incluso las tareas de limpieza y reconstrucción son abismales. Lo más probable es que simplemente se cierre el acceso y se quede así. Se convertirá en su cementerio”, añade.
Rahmad Ambo, de 37 años, ha viajado desde Makasar, la capital de la isla de Célebes, para buscar a sus padres y a su hermano en Balaroa. Encontraron hace un par de días el cadáver de su madre. Ahora trata de convencer a los equipos de rescate para que limpien la zona a la que fue a parar su casa para intentar sacar los cuerpos. “Quiero poder enterrarlos con dignidad. No estaré tranquilo si se quedan aquí”.

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