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Los 12 olvidados

A la sombra de casos como el de Gabriel Cruz o Marta del Castillo existen en España menores desaparecidos sin rastro alguno. Las familias se quejan del abandono


Rosa e Isidro muestran las fotos de su hijo Paco Molina, desaparecido en 2015 en el parque de Córdoba donde posan.

Rosa e Isidro muestran las fotos de su hijo Paco Molina, desaparecido en 2015 en el parque de Córdoba donde posan. PACO PUENTES
Isidro dejó de fumar el día que nació Paco Molina, su primer hijo. 16 años estuvo sin dar una calada. Empezó de nuevo la noche que el joven desapareció, hace ahora tres años. “Lo volveré a dejar el día que regrese”, dice mientras camina frente a la estación de autobuses de Córdoba, el último sitio donde se vio a Paco. El punto exacto donde pareció evaporarse. Ahí se detiene y fija sus ojos en la entrada del recinto. Rosa, su mujer, lo mira tras unas gafas de sol mientras le cae una lágrima.
No había nada de extraordinario en la noche en la que Paco desapareció. Suele pasar: el día en el que alguien desaparece es un día cualquiera, rutinario. No hay aviso. El adolescente, entonces de 16 años, bajó con sus amigos a los jardines de los patos, junto a la estación de tren cordobesa. Estuvieron en un banco tomando algo y a las 22:30 horas envió un whatsapp a su padre: ‘Voy a dormir fuera’. “A mí me extrañó ese mensaje, sin explicaciones”, dice Isidro. “Así que le llamé. Me contó que iba a dormir a casa de un amigo que conocemos bien, la única casa en la que dormía fuera. Le dije que no se acostaran tarde”. Rosa añade: “Ese mensaje no lo escribió él. O sí, pero le obligaron. No era propio de él un mensaje así…”.
Fue Isidro quien, a la mañana siguiente, vio en su móvil que Paco no había vuelto a conectarse desde la noche anterior. Esperó hasta las 12 y llamó a casa de su amigo. “Aquí no ha dormido”. La respuesta dejó helado a Isidro. Se fue directo a comisaría. “Allí me dijeron que estuviera tranquilo, que aparecería. No me hicieron demasiado caso, la verdad. Así que me fui a los hospitales por mi cuenta”. Tras una búsqueda sin resultados, Isidro se acercó al Guadalquivir, que atraviesa la ciudad. “Yo ya tenía claro que había pasado algo. Buscaba por el río su cuerpo, no sé… Por si le habían pegado una paliza… Me di cuenta de que estaba temblando mientras buscaba”.
“Fue el domingo, después de toda la noche sin dormir, cuando nos dicen que un conductor de autobús vio a Paco coger un bus a Madrid la noche de su desaparición. Es lo último que se sabe de él. Desde ese momento, la nada”. Isidro se queja de que la Policía no revisó a tiempo las cámaras de seguridad de la estación. Aquellas imágenes -ya destruidas- podrían haber dado alguna pista.
Fotos de los doce menores desaparecidos en España cuyos casos siguen sin resolverse.
Fotos de los doce menores desaparecidos en España cuyos casos siguen sin resolverse. FUNDACIÓN QSD GLOBAL
“Se nos paró la vida”, dice Rosa, la madre. “No hay alicientes, tienes eso en la cabeza cada minuto. Hay días que dices: hasta aquí he llegado, no puedo más. Pero tienes que seguir…”.
Muchos días, Rosa cree ver a su hijo por la calle. Se fija en la forma de andar de un chico o en una prenda que le suena… Un día corrió hacia un joven, lo agarró por los hombros y le dio la vuelta creyendo que era Paco. Le tuvo que pedir disculpas. “Todos los días miro por la ventana, me quedo un rato mirando el camino por el que se fue por última vez. Esperando a verlo volver”.

A la sombra y sin pistas

Paco Molina es uno de los doce menores españoles cuya desaparición parece haberse enquistado, sin avances ni pistas que permitan a la familia atisbar un final. Es considerada de alto riesgo por autoridades y asociaciones. Desde el Centro Nacional de Desaparecidos, dependiente del Ministerio del Interior, explican que, de las 2.273 denuncias activas por desapariciones de menores que hay en España, 12 son consideradas de alto riesgo. Pero inmediatamente matizan que esta denominación es cambiante. “Es una forma de referirnos a casos en los que las evidencias de secuestro o crimen son muy elevadas. Pero el protocolo señala que todas las desapariciones de menores son, automáticamente, de alto riesgo. A partir de ahí, según avanza el caso, se les mantiene la denominación o cambia”. Lo explica Jaime Cereceda, director del Centro.
Desde la Fundación QSD Global añaden que la definición de Alto Riesgo es puramente conceptual. “No significa que no haya más desapariciones de menores con elevado riesgo. Va cambiando constantemente”, explica una portavoz. Sí señalan que, efectivamente, existen 12 casos especialmente inquietantes, que se han atascado y sobre los que no hay pista alguna. Doce niños y niñas que parecen haberse esfumado y cuyos padres y madres viven desesperados. Son doce historias de lucha y sufrimiento desde la sombra que los casos más mediáticos -Diana Quer, Gabriel ‘El Pececito’ o Marta del Castillo- proyectan. Doce pequeños anónimos de los que nadie parece saber nada.

Mediáticos, solo algunos

El 2 de diciembre de 2013 Malén Zoé Ortiz, una adolescente de 15 años de Magaluf (Mallorca), se dio cuenta de que se había olvidado las llaves de casa. Era mediodía, venía del instituto. Llamó a su padre, quien no le respondió, así que dejó un mensaje: “Me he olvidado las llaves, me voy a comer a casa de Dani”. Dani era su novio y su casa estaba a cuatro kilómetros. En algún punto de ese corto trayecto la tierra se tragó a Malén. Ni una pista, ni un sospechoso. Son ya cinco años de silencio.
Con Cristina Bergua, una joven de 16 años de Cornellà (Barcelona), pasó algo parecido en 1997. Era domingo cuando salió de casa para ir a la de su novio, Javier. Según su familia, Cristina iba para hablar con él y romper la relación. Cogió 1.500 pesetas, su DNI y cerró por última vez la puerta de su casa. Dentro se quedaban Juan y Luisa, sus padres. Jamás la han vuelto a ver.
“Si no fuera por nosotros, Paco estaría ya olvidado”, dice Isidro. “Enviamos emails y avisos a todos los medios y todas las televisiones. Nadie respondió. Tampoco recibimos apoyo masivo por redes sociales. Solo nos han hecho un reportaje y no lo han emitido”. Rosa añade: “No sé si es porque las chicas dan más morbo en televisión o si depende la influencia de la familia… ¿Por qué hay investigaciones a las que no se nos hace caso?”.
A veces Rosa cree ver a su hijo por la calle. Un día corrió hacia un joven, lo agarró por los hombros y le dio la vuelta creyendo que era Paco
Se lo pregunta Rosa sabedora de que no hay una respuesta clara. Diana Díaz, psicóloga y directora del Teléfono de Ayuda a Niños de la Fundación Anar (teléfono 116000), especula con los motivos: “Creo que tiene que ver con la vulnerabilidad del desaparecido. Cuando el niño o niña que desaparece es muy pequeño, como el caso de Gabriel, toca más a la gente. También, tal vez, cuando es una niña o una adolescente. Pero no tenemos una explicación”.
La influencia y capacidad económica de las familias también apuntan como posible respuesta. Isabel García, madre de Josué Monge, desaparecido en Sevilla en 2006 cuando tenía 13 años, lo tiene claro: “Duele ver cómo a unas familias se les hace todo el caso del mundo y a otras nos tienen abandonadas. A mí me han llevado un par de veces a televisión y me han dejado hablar un minuto, lo único que querían era explotar mi dolor. Yo estoy sola en esta lucha”.
Josué desapareció y dos días después lo hizo su padre, el marido de Isabel. Las autoridades, y la propia Isabel, están convencidos de que fue él quien se llevó a Josué, lo asesinó y después se quitó la vida. Pero no hay una sola pista. Un solo avance. Tampoco hay luz sobre la historia.
“Hay desaparecidos de primera, de segunda y de tercera. Es penoso”, se queja Isabel. “Josué desapareció la misma época que Madeleine [Madeleine McCann, la niña británica desaparecida en Portugal] y en los medios españoles solo se hablaba de ella, ni una palabra de mi niño. Un día iba con mi otro hijo por la estación de Sevilla y me preguntó por qué en todas las paredes estaba la cara de Madeleine y no la de Josué. Yo le respondí: el dinero manda”.
Tampoco hay ruido, por ejemplo, alrededor de Caroline del Valle, la niña de 14 años que desapareció en 2015 en Sabadell. La Policía sospecha que pudo ser asesinada, pero nada se sabe de ella. Nada se escucha tampoco.

Los datos frente al miedo

A pesar de ser minoría, los casos que se convierten en mediáticos generan un enorme impacto social. Las desapariciones de menores es un asunto que preocupa enormemente. “Hoy en día la población está más sensibilizada, no sé si hay más miedo, pero es importante no entrar en pánico. Los datos son claros”, explica Diana Díaz, de la Fundación Anar.
Pone como ejemplo Diana las llamadas que cada año reciben en el Teléfono de la Fundación. En 2016 atendieron 2.211 llamadas relacionadas con desapariciones de niños y niñas. Solo 344 resultaron ser desapariciones reales, pero, de ellas, el 57% se correspondieron con fugas de adolescentes de casa o de centros; el 18%, menores a los que echaron de casa; el 17%, niños a quien uno de los progenitores se había llevado; el 2,6%, pérdidas o accidentes; el 1,5%, menores extranjeros no acompañados y tan solo el 0,9%, secuestros por terceros con fines criminales.
Tan solo el 0,9% de las desapariciones de menores se deben a secuestros o a fines criminales. La mayoría son fugas de adolescentes
La experiencia policial muestra que casi todas las desapariciones de menores resultan ser adolescentes que se escapan de centros de acogida (algo que explica que el 84% de los niños y niñas que desaparecen sean extranjeros, según datos del Ministerio del Interior) o de sus hogares, generalmente con problemas estructurales.
“La absoluta mayoría de los menores que desaparecen vuelven a aparecer en horas. Lo que pasa que, durante esas horas, se cursa la denuncia y pasa a formar parte de la estadística”, explica Jaime Cereceda, director del Centro Nacional de Desaparecidos. “Que haya 2.273 denuncias de menores desaparecidos no significa que en España haya esos niños desaparecidos. De hecho, ahora mismo contemplamos doce calificados de alto riesgo, es decir, que tenemos la certeza de una naturaleza criminal”.

"Ahora todo me da igual"

El 29 de septiembre de 2017 se declaró oficialmente muerto a David Guerrero, el pequeño de 14 años desaparecido en 1987 de Málaga y conocido como ‘El niño pintor’. Una muerte en falso. La familia necesitaba este paso burocrático para poder acceder a la herencia del padre. La realidad es que de David nunca se ha vuelto a saber nada.
También 14 años tenía Sara Morales cuando, en un corto trayecto caminando desde su casa en Las Palmas hasta un centro comercial, desapareció. Desde ese día de 2006 ha habido un par de sospechosos y otras tantas líneas de investigación, pero la certeza última es que nada se sabe de Sara.
“Algo así te cambia la vida” explica Rosa, la madre de Paco Molina. “Antes mis preocupaciones era que mis hijos estudiasen, tener buen sueldo, mantener la casa… Ahora nada importa. Me da igual todo. Todo es Paco”.
“Hay desaparecidos de primera, de segunda y de tercera. Yo lo tengo claro: el dinero manda"
Diana Díaz, psicóloga, explica que “nadie está preparado para la desaparición de un hijo. No hay estrategias previas, es un escenario extremo”. Sí existen formas de intentar ayudar a los padres. “Es muy importante que sientan que no están solos, que hay más gente ayudándoles y siguiendo su caso. Que hay alguien pendiente”, explica Diana. “También es importante que expresen sus sentimientos, que no se encierren en sí mismos. Aunque esto es muy complicado, porque hay padres que no se dejan ayudar, que resultan inaccesibles”.
Por si no fuera suficiente, la crueldad también tiene cabida en ocasiones. A los números de teléfono que los padres incluyen en los carteles de sus hijos desaparecidos o en las redes sociales, llaman desalmados. Cuenta Isidro que, solo una semana después de la desaparición de Paco, alguien llamó a su móvil. “Una voz empezó a gritar: papá, papá, que soy yo, que estoy secuestrado. Yo me quedé helado, me dejó helado aquello” cuenta Paco. “Esa llamada fue el 9 de julio a las 2 de la madrugada. Resultó ser una broma de una chica”.
Otra de las claves que plantea la psicóloga de la Fundación Anar es “evitar la autoculpabilización, intentar que no le den vueltas y vueltas a lo mismo, algo que les puede impedir dormir, descansar y alimentarse”.
La dificultad de aplicar estas premisas queda clara cuando Isabel, la madre de Josué, explica cómo es su día a día tras doce años sin saber dónde está su hijo y qué le ha sucedido. “La mente la tengo que tener ocupada. Yo no puedo, por ejemplo, estar en casa sentada. Si hago algo así, me pongo a pensar. Y pensar no puedo”.
Isabel está en paro, con dos hijos más: “Si pienso pues empiezo a imaginar qué le pudo pasar cómo pudo ser, cómo se podía haber evitado… Y lloro. Tengo las fotos de Josué en la mesilla, pero no las puedo mirar. Si las miro, también lloro”.
La mayoría de estos padres están organziados en distintas asociaciones que colaboran e intercambian información entre ellas. La mayoría, también, muestran incomprensión ante el olvido que sus hijos e hijas padecen frente a otros casos de dominio público. "Los menores son todos menores. No pueden dejarnos solos", dice Rosa, la madre de Paco. "Necesitamos ayuda".
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