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La fiebre por minar bitcoins conquista Islandia

El consumo masivo de electricidad para fabricar criptomonedas suscita dudas por su efecto medioambiental. En el país nórdico, las divisas digitales usan ya más energía que las familias

Central geotérmica de Hellisheidi, en Islandia.


Central geotérmica de Hellisheidi, en Islandia. CARLOS SPOTTORNO

“Heaven” (cielo). El cartel que cuelga de la desvencijada puerta solo puede entenderse como una inesperada ironía. Un ruido ensordecedor da la bienvenida a los que se adentran en la sala. Peor aún es el calor que desprenden los cientos de procesadores que tratan a toda velocidad de resolver problemas matemáticos con los que crear un nuevo bloque de bitcoins, lo que en el argot de este mundillo se conoce como minado de criptomonedas.

“Es una locura. Los inversores no dejan de llamar”, dicen en un centro de datos

La misma imagen se repite en otras estancias. Además, pilas de ordenadores se agolpan en el suelo a la espera de nuevas instalaciones listas para continuar explotando la gallina de los huevos de oro versión 2.0. “Es una locura. Hace un año solo teníamos esta sala. Ahora disponemos de tres centros y estamos a punto de abrir otros cuatro. El teléfono no para de sonar. Son inversores tratando de que les alojemos sus máquinas”, asegura Marcel Mendes da Costa, gerente de Borealis. Aquí, en este descampado desangelado de Islandia, se palpa una nueva fiebre del oro. La del siglo XXI.
El minado de bitcoins ha llegado para quedarse: HS Orka, una de las grandes eléctricas de Islandia, avisa de que, por primera vez, en 2018 el consumo de energía destinada a este complejo proceso superará al de todos los hogares del país. En este mundo de las divisas digitales, el minado equivale a lo que en las monedas tradicionales sería la impresión de billetes. Y si todo continúa como hasta ahora, el proceso solo conoce una dirección: hacia arriba.


Según estimaciones del economista Alex de Vries, el bitcoin habrá absorbido a finales de año la electricidad que consume un país como Austria, el 0,5% de toda la producida en el mundo. “Puede parecer que no es mucho. Pero la energía solar aporta un 1% de la electricidad total: y han hecho falta décadas para llegar a ese porcentaje. En un solo año se dispara ahora el consumo y nadie sabe hasta dónde puede llegar”, asegura al otro lado del teléfono. .
Compañías eléctricas, empresas de centros de datos e inversores extranjeros se relamen pensando en los pingües beneficios. Pero el uso masivo de energía para las criptomonedas ya ha hecho que organizaciones como Greenpeace hablen de una amenaza para el medio ambiente.

Islandia ofrece frío para los ordenadores y fuentes de energía renovable baratas y seguras

Marcel Mendes da Costa, en el centro de datos Borealis.
Marcel Mendes da Costa, en el centro de datos Borealis. L. DONCEL


Pero, ¿por qué inversores de todos los tamaños y de todos los puntos del mundo han fijado su atención en una isla perdida, a medio camino entre América y Europa, con solo 350.00 habitantes? Básicamente, por el frío y el bajo precio de la energía. Aquí, donde la temperatura media ronda los cuatro grados —más o menos la de una nevera—, la naturaleza ofrece refrigeración gratuita, una bendición para una industria cuyo principal enemigo es el calentamiento de equipos que trabajan 24 horas al día, 365 días al año. En este negocio, quien tiene más armas contra el calor es el rey.
“Nuestro negocio consiste en vender mal tiempo”, dice medio en broma medio en serio Gísli Katrínarson, jefe comercial de Advania, la mayor empresa de centros de datos en Islandia. Además, la abundancia de energías renovables —principalmente, geotérmica e hidráulica— permite una electricidad a precios bajísimos. Si en el cóctel se mezcla la seguridad de suministro que ofrece un país hiperdesarrollado, es comprensible el furor por el norte que invade a estos mineros digitales.
Mientras el negocio florece, organismos internacionales y grupos ecologistas se preguntan por sus efectos medioambientales. Agustín Carstens, director general del Banco Internacional de Pagos, definió a las criptomonedas como una mezcla de “burbuja, fraude de esquema Ponzi y desastre medioambiental”. Greenpeace alerta de que la demanda de energía no para de crecer, y que solo un quinto de esta se cubre con energías renovables. Incluso aunque en lugares como Islandia la práctica totalidad de los centros de datos usen energías limpias, esto no hace desaparecer el problema. “Los nuevos consumos de energía deben moderarse. Si no, se estará retrasando el proceso de transición energética”, explica Sara Pizzinato, responsable de Energía de la ONG.
Pero el problema va más allá de los bitcoins. Según un estudio de Greenpeace, si Internet fuera un país, sería el quinto mayor consumidor de energía del mundo. En un artículo reciente, Heidar Gudjonsson, presidente de Vodafone Islandia, decía que la huella de carbono que dejan las descargas de la canción Despacitoequivale a la de las emisiones de gases anuales de 100.000 taxis.

Preguntas sin respuesta

Las dudas sobre el negocio de las criptomonedas no proceden solo del frente medioambiental. Smári McCarthy, activista digital y diputado del Partido Pirata, es uno de los líderes islandeses que más alto habla de los problemas asociados al boyante negocio de los centros de datos. “Hay muchas preguntas sin respuesta. ¿Quién se beneficia de unas operaciones que nadie controla? ¿Cómo sabemos que no suponen una amenaza para la seguridad nacional? A un competidor podría interesarle lanzar un ataque que dejara al país sin Internet. No pretendeo ilegalizar estas operaciones, pero sí regularlas” afirma el combativo diputado en un despacho del Althing, el Parlamento islandés.
La granja de minado de Borealis es la versión de bajo coste de los modernos centros de datos. Aquí no hay sofisticados sistemas de refrigeración. Solo se ven hileras de ordenadores trabajando sin descanso; y unos tubos que expulsan el calor hacia el techo. Las paredes son de una especie de gomaespuma que deja entrar el frío en una zona en la que dos semanas atrás, en una primavera prácticamente inexistente, la temperatura rondaba los cinco grados.
El interés se disparó el año pasado, cuando el bitcoin pasó de valer menos de 1.000 dólares en enero a casi 20.000 de diciembre. Entonces llegaron lo que Mendes da Costa, uno de los responsables del centro de datos, llama “cowboys”.“Eran los inversores que venían con la idea de ‘coge el dinero y corre’. Pero ese tipo de clientes está disminuyendo”, asegura este holandés mudado a Islandia. Con el descenso de la cotización del bitcoin —esta semana ha oscilado entre 7.500 y 8.500 dólares—, en este negocio ven asentarse a los clientes con vocación de medio o largo plazo, grandes entidades financieras internacionales incluidas. Pero nadie garantiza qué pasará si el precio sigue a la baja. “Si cae por debajo de 6.000 dólares, tendremos problemas”, vaticina el gerente de Borealis.
Jóhann Snorri Sigurbergsson, responsable de la empresa eléctrica HS Orka, llega tarde a la cita con EL PAÍS en un pueblo cercano a Keflavik, la zona de Islandia donde se concentra la mayor parte de centros de datos. Justifica el retraso por la cantidad de peticiones que cada día le llegan de inversores extranjeros deseosos de entrar en el negocio. “Esta mañana tenía tres emails. Es así todos los días”, se disculpa. Sigurbergsson resume una sensación muy extendida estos días en su sector: “El objetivo es llegar aquí y hacer dinero rápido”.


UN ROBO MASIVO Y UN PRÓFUGO EN EL AVIÓN DE LA PRIMERA MINISTRA


Estas semanas, los islandeses siguen con atención una rocambolesca historia digna del thriller más descabellado. El cóctel incluye un robo de ordenadores, la huida de un delincuente y un vuelo donde coinciden el prófugo más buscado del país con la primera ministra, la ecologista Katrín Jakobsdóttir.
Sindri Thor Stefánsson puede presumir de ser el delincuente más famoso de Islandia, un país con un bajísimo nivel de criminalidad. Primero protagonizó un espectacular robo de 600 ordenadores dedicados al minado de bitcoin. Más tarde se escapó de la prisión de baja seguridad donde estaba encerrado y cogió un avión a Suecia donde pudo saludar a la jefa de Gobierno. La aventura acabó días más tarde, cuando Stefánsson fue detenido tras posar sin complejos desde Ámsterdam en el Instagram de un amigo, en una fotografía donde se podía leer #teamsindri (equipo de Sindri).
Al margen de la anécdota, este episodio muestra el problema de seguridad al que se enfrenta la floreciente industria del minado de bitcoins. “Lo ocurrido nos ha hecho revisar todos nuestros protocolos de seguridad”, dicen en la empresa de centros de datos Advantia.

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