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ASESINATOS A PLENO DÍA, UNA RUTINA EN 

LA REGIÓN

 MÁS VIOLENTA DE BRASIL

Las bandas de traficantes campan a sus anchas por Natal, que el año pasado registró 107 asesinatos por cada 100.000 habitantes



Un perito llega a la escena de un asesinato el 10 de marzo en Natal.

Un perito llega a la escena de un asesinato el 10 de marzo en Natal. 

Al margen de los focos que apuntan a otros lugares del país, como Río de Janeiro, la región metropolitana de Natal, en el Estado de Rio Grande do Norte, ha escalado hasta el primer puesto de la sombría estadística de asesinatos en Brasil. El año pasado alcanzó una tasa de 107 homicidios por cada 100.000 habitantes,  lo que la convierte en la cuarta zona más violenta del mundo, después de Los Cabos, en México, Caracas y Acapulco, según un estudio de la ONG mexicana Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia. En 2017, se registraron cuatro asesinatos por día en un área con 1,3 millones de habitantes.
Asesinatos a pleno día, una rutina en la región más violenta de Brasil
Todo es precario en Natal. "Para comenzar, faltan políticas sociales para atacar el absentismo escolar y  las bolsas de pobreza. Falta un sistema penitenciario menos vulnerable, de donde no huyan más de 500 presos, como ocurrió en 2016. Y faltan efectivos policiales", afirma Ivenio Hermes, investigador del Observatorio de la Violencia en Rio Grande do Norte. La falta de agentes es tal que Nilton Arruda, presidente del Sindicato de la Policía Civil afirma:  “Es como si estuviéramos en permanente estado de huelga”. En medio de la escalada de violencia, los agentes cobran sus salarios con retrasos de hasta dos meses, lo que motivó que paralizasen sus actividades casi un mes entre diciembre y enero del año pasado, cuando el Gobierno decidió mandar allí al Ejército. “No hicimos huelga. Paramos porque no teníamos dinero ni para comer y pagar el transporte", afirma Arruda.
Este sábado, además de Fábio, han muerto José, Lúcio, Anderson, Beto y João, nombres ficticios para proteger a las familias que viven en las áreas de los crímenes. Los 63 agujeros de bala que sus cuerpos recibieron en conjunto dejan claro que todas fueron ejecuciones a sangre fría. Algunas veces, como demostración de poder, los verdugos también descuartizan o degüellan los cuerpos, como ocurrió en enero del año pasado en un presidio del Estado,  cuando 26 reclusos fueron decapitados en una guerra entre bandas criminales.
Las muertes pueden llegar en cualquier lugar y a cualquier hora. Los asesinos ni se reprimen de actuar en público, ante la certeza de que el miedo de la población impedirá que nadie colabore en el esclarecimiento del crimen. La policía dice que encuentra al autor en el 45% de los casos, y que seis de cada diez homicidios están relacionados con las drogas: sea por disputas entre bandas, por deudas o porque alguien vio o habló lo que no debería.
Este sábado son las nueve de la mañana cuando la radio de la policía recibe el primer aviso. Un hombre ha caído en la calle de Nossa Senhora da Apresentação, en el barrio más violento de la ciudad. El cuerpo es de José, de 32 años. Está tendido boca arriba, cubierto con una sábana. Pasó dos horas así, entre las entradas a un pequeño supermercado y a una papelería, hasta que llega la policía. Decenas de hombres, mujeres y niños rodean el cadáver. José se dedicaba a recoger materiales reciclables e iba en bicicleta para casa de su madre cuando fue sorprendido por dos hombres en una moto, que sin aviso comenzaron a disparar. Su cuerpo fue perforado seis veces. Es el tercero, de entre 12 hermanos, en morir asesinado.
A primera hora de la tarde, la radio de la comisaría suena de nuevo. Lúcio fue alcanzado por los asesinos casi en la puerta de casa. Eran las 14.15 horas, entraba en el taller de un vecino cuando un coche frenó y dos hombres descendieron disparando. Su hijo, de 10 años, se escondió. Pero pudo ver cómo el padre era abatido. “¡Dipararon a mi padre! ¡Mataron mi padre!”, gritó el niño, según cuenta Wellington Freire Júnior, dueño del taller. Lúcio era guardia de seguridad y ya llegó muerto al hospital con 14 agujeros de bala.
Anderson, 26 años, la tercera víctima del día, cayó a las 18 horas. Dos hombres llegaron al bar donde estaba bebiendo cachaça y anunciaron un atraco. Pero no se llevaron nada. Solo dispararon seis veces contra él. “Creo que fue un error. Él no estaba metido en nada. Solo estaba bebiendo en fin de semana, no debía nada a nadie”, se lamenta su esposa entre llantos. El día se cierra a las 23 horas. El pescador Beto, de 29 años, murió en el patio de su propia casa, en la turística playa de Pitangu. Fueron siete tiros en la cara y 12 en la espalda. Y el domingo comienza a la una de la madrugada cuando cae João, vigilante callejero. Hacía una ronda en su moto cuando fue alcanzado: diez perforaciones en total. Iba a ser padre este mes.
                     Niños juguetean delante de marca de sangre donde poco antes ocurrió un homicidio, en Natal.
Niños juguetean delante de marca de sangre donde poco antes ocurrió un homicidio, en Natal. VICTOR MORIYAMA
La mayor parte de estas muertes sucedió en público. Pero nadie, en ninguno de esos lugares, dice haber visto nada. El miedo y el silencio imperan. “Si alguien aquí dice quién fue el que mató, muere también. Aquí ya estamos acostumbrados: oímos tiros y nos escondemos dentro de casa para no correr ni el riesgo de ver”, resume un familiar de una de las víctimas.
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