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Italia y Alemania ponen a prueba la estabilidad de la Unión Europea

Las inciertas elecciones italianas y la votación socialdemócrata sobre el apoyo a la Gran Coalición son la última frontera de la crisis europea

Miembros del SPD alemán transportan papeletas para la votación sobre la Gran Coalición.

Miembros del SPD alemán transportan papeletas para la votación sobre la Gran Coalición.  AP
Superdomingo europeo: casi medio millón de socialdemócratas alemanes deciden hoy si dan luz verde a la Gran Coalición con los conservadores de Angela Merkel, y 51 millones de italianos acudirán a las urnas en la tercera potencia económica del euro. Bruselas no espera grandes sobresaltos. Lo más probable es un  del SPD y un Parlamento italiano fragmentado pero manejable. Los analistas creen que la primavera europea —recuperación económica y crisis migratoria, de seguridad y Brexit relativamente bajo control— se afianzará a partir de hoy. Pero la Gran Crisis tiene siempre una vida más: frente a ese horizonte despejado, un revés alemán o italiano tiene potencial para poner a prueba la estabilidad de la UE.
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos: Europa crece como nunca en los 10 últimos años y ha contenido el ascenso de esos extremismos de baja intensidad bautizados como populismos, pero la primavera europea que vislumbran los más optimistas viene cargada de oscuras nubes. Han pasado las más inquietantes; los radicales no llegan al poder en los grandes países. Pero la pérdida de seguridad económica asociada a la Gran Recesión y los miedos vinculados a las crisis de seguridad y migratoria provocan desarrollos políticos que amenazan tormenta.
Bruselas estará hoy pendiente del casi medio millón de afiliados a la socialdemocracia en Alemania, que tienen en sus manos la tercera Gran Coalición de la era Merkel. Y, sobre todo, no quitará ojo a los 51 millones de electores en Italia, que empieza a sacar la cabeza de un estancamiento que ha durado 15 años pero va camino de trazar un mapa político imposible.
Ninguna crisis es para siempre: esta tampoco. Pero está en juego consolidar la ansiada primavera europea con un horizonte despejado —para dos o tres años— o volver a elevar los niveles de incertidumbre. Como en aquella historia de dos ciudades de Dickens, este superdomingo político europeo aúna dos relatos en uno. Y prácticamente basta con un solo dato para contarlo: la productividad de Italia, segunda potencia industrial y tercera economía del euro, ha crecido un 20% menos que la alemana desde 1999. Esa cifra resume casi todos los males de Europa y explica la sempiterna batalla centro-periferia, norte-sur, acreedores-deudores o como quiera que se llame.
Los riesgos están ahí. Pero Bruselas no espera grandes sacudidas: no hay nada parecido a la tensión previa a las elecciones francesas y holandesas, cuando Marine Le Pen y Geert Wilders, respectivamente, encabezaban las encuestas. “Lo más probable es que los socialdemócratas alemanes den luz verde a la coalición, aunque sin demasiadas alegrías, y que el Parlamento italiano quede muy fragmentado pero dentro de lo manejable”, explica una alta fuente europea.
Ese es el escenario central, soleado. Pero hay escenarios alternativos menos despejados. Uno: sorpresa en Alemania (“poco probable, e insuficiente para meter a Europa en problemas, porque Merkel aún podría gobernar en minoría”, apunta desde Berlín Sebastian Dullien, del think tank ECFR). Dos: inestabilidad en Italia (“en el peor de los casos, los italianos se abrirán camino como han hecho siempre, incluso en peores circunstancias”, afirma Daniel Gros, del CEPS). Y tres: nein a la Gran Coalición y ascenso fulgurante de la derecha populista (la Liga Norte) y la izquierda populista (Movimiento 5 Estrellas, que ha moderado su discurso). “La UE ha resistido hasta ahora la marea ultra y es probable que este domingo [por hoy] todo siga por esos cauces. No hay visos de que vuelva la Gran Crisis. Pero el equilibrio europeo es precario y ya hemos visto lo nerviosos que pueden ponerse los mercados: Europa debería aprovechar la ventana de oportunidad que va a abrirse para hacer las reformas que necesita y apuntalar su legitimidad, el capítulo de seguridad y defensa, y sobre todo el euro; de lo contrario, los populismos volverán a enseñar las garras más adelante”, sostiene Charles Kupchan, exasesor de Barack Obama.
Italia: un lío. La economía italiana crece por encima del 1,5%, sus bancos mejoran e incluso la crisis migratoria parece bajo control con la estabilización de Libia. Pero la situación en el norte de África es precaria. Y en el fondo la recuperación italiana tiene menos fuelle que la del conjunto del euro, el paro supera el 10% (el juvenil es del 30%), la banca esconde aún agujeros y la deuda pública es la segunda mayor de Europa. Roma, en fin, es vulnerable a las más que posibles subidas de los tipos de interés de los próximos tiempos: Italia está mal preparada para el siguiente lío, más aún con una gran fragmentación política.
La presión de Bruselas sobre Roma para resolver los problemas de su banca, la ineficiencia del sector público, la falta de productividad y la enorme losa de la deuda ha sido escasa e inefectiva. Y más allá de la economía, el país ha visto crecer el euroescepticismo a velocidad de vértigo: eso explica que el 7% de la población sea inmigrante pero los italianos digan en las encuestas que creen que esa cifra supera el 30%.
Las dos novedades políticas más relevantes, el Movimiento 5 Estrellas y la Liga —que suman conjuntamente un 40% de los votos, según los sondeos— han propuesto en los últimos meses un referéndum para salir del euro. El partido fundado por Beppe Grillo ha rebajado notablemente en campaña su beligerancia en ese asunto. Pero la Liga mantiene el tono amenazador, especialmente desde sectores duros como el representado por su responsable económico, Claudio Borghi.
Matteo Salvini ejerce de ancla entre las dos alas de su partido y se declara lepenista, amigo de la ultraderecha austriaca y holandesa. El viernes, Salvini lanzó su última perorata antieuropea: “¿Por qué la gente libre querría permanecer prisionera en una jaula de leyes absurdas y regulación, con rígidas restricciones que humillan las necesidades reales de su país?”. Un discurso de difícil encaje con las promesas a Bruselas de Silvio Berlusconi, inhabilitado hasta 2019 por fraude fiscal, que ha ungido como su candidato a primer ministro al presidente de la Eurocámara, Antonio Tajani.
Alemania: Merkel IV. La expectación es máxima en Berlín. Nunca antes el partido más votado había sido incapaz de formar gobierno cinco meses después. Y nunca antes la extrema derecha había entrado con semejante fuerza en el Parlamento. Merkel ganó las elecciones y acaricia su cuarto mandato, pero ha sufrido un enorme desgaste que ha agitado el escenario político alemán, dentro y fuera de su partido. Cunde la sensación de que ha llegado el momento de la renovación, del relevo generacional de los partidos tradicionales, necesitados de programas políticos y de rostros más acordes con los nuevos tiempos.
Los socialdemócratas darán a conocer los resultados de la consulta vinculante hoy a primera hora. Si gana el , la gran coalición entre el bloque de Merkel y el SPD echará a andar y Europa respirará. En caso contrario, Alemania se vería abocada a repetir las elecciones, a no ser que Merkel decida gobernar en minoría: más incertidumbre y parálisis en una UE ávida de reformas.
Bruselas pide estabilidad. Lo más probable, insisten los analistas y los eurócratas, es un Parlamento fragmentado pero con la posibilidad de acabar formando un gobierno de centroderecha en Italia —o incluso una gran alianza, menos probable—, y una Gran Coalición en Alemania. Pero en ambos casos la ausencia de riesgo a corto plazo no significa que no haya enormes desafíos más adelante. “La crisis del euro está más sumergida que solucionada. Cualquier shock puede devolverla a la superficie”, apunta Dullien. Con la Gran Coalición, el SPD puede caer a plomo en las encuestas, y la extrema derecha será la principal fuerza de oposición. Y el potencial disruptivo de Italia no se verá inmediatamente.
“Creo que puede haber una sorpresa positiva el domingo [por hoy], lo que otorgaría un periodo de tranquilidad para al menos dos años. Pero esta crisis ha demostrado que nunca hay que descartar un revés. En Italia, se traduciría en presión en los mercados para la deuda periférica; Alemania es menos preocupante para la estabilidad de Europa. Pero ojo: Berlín no variará sus líneas rojas de cara a la reforma de la eurozona. La próxima parada clave para la UE es junio, y puede que para entonces, incluso en el mejor de los casos, las reformas no sean tan ambiciosas como pretende Emmanuel Macron”, concluye Guntram Wolf, de Bruegel.

EL SPD TEME LOS EFECTOS SECUNDARIOS DE LA ‘GROKO’

En los últimos años, el destino de Europa ha estado demasiadas veces en manos de los 16 jueces del Constitucional alemán; esta vez el protagonismo es para los 460.000 militantes del SPD. Han sido cinco meses de negociaciones maratonianas, de fracasos y acuerdos in extremis entre los socialdemócratas y el bloque conservador que lidera Merkel. Pero el pacto de gran coalición que conlleva un enorme coste político. Es un acuerdo a regañadientes que ninguna parte dice querer —aunque los socialdemócratas se llevan ministerios clave, empezando por Finanzas—, un matrimonio forzado tras el fracaso de la negociación entre conservadores, verdes y liberales. “Nadie quiere esta coalición, pero nadie ve muchas más alternativas”, explican fuentes del SPD.
Esa ausencia de deseo mutuo implica que por mucho que triunfe el  la gran coalición puede nacer coja, con poca tracción. Se le augura una vida corta: dos años como máximo.
El resultado del referéndum era ayer todavía impredecible. Las últimas encuestas dan mayorías en el entorno del 60%, pero el perfil de los afiliados dificulta las predicciones. Abundan los mayores, con pocas ganas de nuevos experimentos, pero también hay 70.000 Jusos, el ala joven y más combativa que se opone a la GroKo, además de 25.000 nuevos afiliados, la mayoría de ellos muy críticos. “El dilema es enorme. Tácticamente hay que decir que sí, pero estratégicamente es un desastre”, sostiene Michael Bröning, investigador de la Friedrich-Ebert-Stiftung, próxima al SPD. AL cabo, ocho años de gran coalición ha provocado una enorme erosión electoral en un partido que los alemanes son cada vez menos capaces de distinguir de centro-derecha.
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