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Cuento de Navidad

El escritor chileno tiene un secreto. Pertenece a una organización que trabaja a destajo en Navidad y siempre le priva de pasar la Nochebuena con sus hijas.

cuento navidad
NO SE LO digan a nadie. Soy el viejo Pascuero. El Papá Noel si prefieren, o Santa Claus, o San Nicolás, si insisten. No se extrañen si mis hijas Beatrice, de 10 años, y Carlota, de 6, que son las únicas que lo saben, se lo nieguen hasta la muerte. Las tengo perfectamente instruidas en que se trata de un secreto de Estado. Si alguien más se enterase, podrían expulsarme de manera deshonrosa de la organización y desencadenarse sobre mí y sobre ellas toda suerte de maldiciones y venganzas que prefiero ni siquiera nombrar.
“¿Tan terrible, papá?”, me miran asustadas. Más, mucho más de lo que se imaginan.
El privilegio de ser el anciano que todos los niños esperan en la noche del 24 y el amanecer del 25 de diciembre es cualquier cosa menos un premio, les explico. Ser el viejo Pascuero es un deber, no un juego. Respondo a una organización perfectamente establecida y regulada. No estoy solo, les explico, no soy “El” viejo Pascuero, sino uno de los muchos viejos Pascueros que desempeñan la misma función la misma interminable noche en los más distintos puntos del planeta. ¿Se acuerdan cuando fui a Guadalajara? Les dije que era una feria del libro y es lo que tienen que decir cuando les pregunten en el colegio, pero fue una convención bastante polémica de todos los viejos Pascueros del mundo dedicados a resolver las condiciones de trabajo de nuestros colegas de Siria e Irak y a buscar un segundo de a bordo para nuestro colega chino, que se ve desbordado de nuevos niños.
Yo me encargo de Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y el sur de Perú. Hediberto, un colega unos años mayor que yo, se encarga del norte del Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. Tenemos poco contacto, aunque nos llevamos bien con Gilberto y Vicente, los dos Pascueros que se encargan del norte y el sur de Brasil, un territorio enorme, complicado por la selva y las luces infinitas de São Paulo, donde no terminan de nacer y nacer niños impacientes que viven en calles sin nombre ni números.
La navidad es en verano en mi región, lo que explica que no luzca el traje rojo de abrigador terciopelo
“¿Cómo llegas a todas partes al mismo tiempo, papá?”, insiste la Carlota, la más curiosa de mis dos hijas. No se puede decir, no se puede saber, insisto. Son las únicas niñas que lo saben. No había más niños en la calle Meiggs, cerca de la Estación Central, cuando las llevé a comprar regalos para otros niños y comer helados para soportar el calor infernal de la Navidad. Porque la Navidad es en verano en mi región, lo que explica que no tenga como otros viejos Pascueros traje rojo de abrigador terciopelo: se pasan el día buscando en el armario de mi pieza, niñas impertinentes, ya les dije que no busquen cosas que es mejor que no vean. No se preocupen, niñas, yo les voy a ir contando de a poco lo que pueden saber sin peligro.
“¿Enanos, papá? ¿Renos? ¿El trineo?”, vuelve ahora Beatrice. Algunos, pero nada de reno, ni trineo, ni un rastro de invierno para atravesar las noches en los suburbios sin luz de Trujillo o Cajamarca, las casas que van derramándose sobre los cerros de Valparaíso o los pisos decimosegundos del microcentro de Buenos Aires. Trabajo de atleta, dificultad y peligro constante. Por eso estoy siempre cansado en diciembre, por eso a veces no tengo tiempo de atenderlas, niñitas, concentrado en el computador con el que nos comunicamos con la central de pedido, los centros de acopio de juguetes, las coordinaciones continentales, los encargados de las tarjetas, las loterías, las periódicas huelgas de los ratones de los dientes, los perplejos cagatióscatalanes, los Reyes Magos, las hadas madrinas y los insufribles conejos de Pascua, que son también parte de nuestra organización.
“¿Por qué tú, papá? ¿Por qué no eres nuestro papá no más?”, se alarma la Carlota. No se elige ese destino, le explico. La organización te elige sin avisarte. Tenía cinco años, estaba en París. En mi casa nadie más quería ser el viejo Pascuero. Pero estaban los juguetes viejos que unos niños franceses nos habían regalado porque les dábamos mucha pena por eso de Pinochet y el Palacio de la Moneda en llamas y el cantante al que le rompieron las manos y le tiraron una guitarra para que tocara. Yo no quería que mi hermano Ignacio supiera que los regalos que nos tocaban eran juguetes que les sobraban a unos asquerosos niños franceses. Así que me puse una barba de algodón y un gorro rojo y le entregué los regalos como si vinieran del polo norte. No necesitaba creer en el viejo Pascuero; mientras hacía de él, existía. Y era ese milagro, que convierte a los juguetes usados en nuevos, elegidos para nosotros, aunque no los escogimos nosotros, sin papás, sin culpas entonces, puro milagro, gratuito como cualquier fiesta.
Nevaba en la ventana y supe que esto no era un juego, ni un disfraz, que era mi vocación, desviar los regalos para limpiarlos de su precio. La organización de la que no puedo darles el nombre, niñitas, me vio en acción y decidió entrenarme para convertirme en uno de los suyos. No sabía entonces que serían mis hijas. No pensaba que sería el papá de nadie. Somos pocos los viejos Pascueros que tienen permiso para tener hijos. Fue una lucha compleja y larga que nos permitieran romper el celibato que nos impuso San Nicolás, el fundador. Al ver a tantos caer en el alcoholismo y la droga, las reglas se relajaron a comienzo de los años setenta y dejaron que tuviéramos hijos propios. Se nos prohíbe, sin embargo, ser el viejo Pascuero de nuestros propios hijos.
POR ESO pasan casi todas las Navidades en Nueva York, muy lejos de Santiago, donde me preparo para la noche más larga del año. Tengo que trabajar muy lejos, muy solo, niñitas, mientras a ustedes les toca recibir los regalos de Jeremy, el encargado de Estados Unidos, un borracho irresponsable al que tengo todos los años que retar porque se confunde de regalos y no les trae casi nunca las muñecas y los teléfonos móviles que piden. Por desgracia, no tengo más poder sobre él del que él tiene sobre mí. Cada uno administra su región como puede. No puedo defenderlas de su distracción y su vagancia, es más viejo que yo, Jeremy, y su región es más importante que la mía. Las dejo en sus manos como las dejo en las de su madre, al otro lado del mundo y del invierno. Me pierdo todos los años su cara abriendo los regalos que mi colega deja tarde, mal y nunca. Les pido perdón, les pido permiso para atender a un par de millones de niños que no son ustedes. Me cuelgo del teléfono, del Skype, del WhatsApp hasta que no nos quedan palabras que decirnos y me preparo lentamente a ponerme un traje. Lleno a rabiar de pedidos, de ruegos, de direcciones, me hundo en el trabajo para olvidar la tristeza de no ver la felicidad que Jeremy, tal vez sí, tal vez no, les entregó en el piso 10 de la torre de ladrillo en que pasan la Nochebuena sin mí.
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