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El discurso del odio envenena Brasil

Grupos ultras desatan una caza de brujas contra artistas, profesores, feministas o medios de comunicación, mientras la extrema derecha se dispara en las encuestas

Un joven protesta contra la filósofa feminista Judith Butler, el pasado 9 de noviembre en São Paulo.

Artistas y feministas fomentan la pedofilia. El expresidente Fernando Henrique Cardoso, responsable del mayor programa de privatizaciones de la historia de Brasil, y el multimillonario estadounidense George Soros patrocinan el comunismo. Las escuelas públicas, la Universidad y la mayoría de los medios de comunicación están dominados por una “patrulla ideológica” de inspiración bolivariana. Incluso el nazismo nació de la izquierda. Bienvenidos a Brasil, segunda década del siglo XXI, un país donde un candidato a presidente que hace apología pública de la tortura y alardea de su homofobia tiene un 20% de intención de voto.
En el Brasil de hoy mensajes así martillean a diario las redes sociales y movilizan a exaltados como los que intentaron agredir en São Paulo a la filósofa feminista Judith Butler, al grito de “quemad a la bruja”. En este país sacudido por la corrupción y la crisis política, que empieza a salir de la depresión económica, es perfectamente posible que la policía se presente en un museo para confiscar una obra. O que el comisario de una exposición espere la llegada de las fuerzas de seguridad para conducirlo a declarar ante una comisión que investiga los malos tratos a la infancia.
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“Esto era impensable hasta hace poco. Ni en la dictadura ocurrió esto”. Tras una vida dedicada a organizar exposiciones artísticas, Gaudêncio Fidelis se ha visto estigmatizado casi como un delincuente. Su crimen fue organizar en Porto Alegre una exposición, Queermuseu, en la que conocidos artistas presentaron obras que invitaban a reflexionar sobre el sexo. En las redes sociales se organizó tal alboroto, con el argumento de que era una apología de la pedofilia y la zoofilia, que el patrocinador, el Banco Santander, ante la amenaza de un boicoteo de clientes, decidió cerrarla. “No conozco otro caso en el mundo de una exposición de estas dimensiones que fuera clausurada”, lamenta Fidelis.
Sobre Fidelis pesa ahora una orden para que la policía lo conduzca a declarar a la comisión del Senado sobre malos tratos a los niños. Como él, también están llamados el director del Museo de Arte Moderno de São Paulo y un artista que protagonizó una performance en la que aparecía desnudo. La fiscalía llegó a abrir una investigación después de que se difundiesen imágenes en las que se veía a una niña tocando un pie del artista. “Pedofilia”, bramaron de nuevo las redes. La misma acusación que cayó sobre una de las glorias nacionales, el cantante Caetano Veloso.
El responsable de involucrar a los artistas en la investigación parlamentaria sobre los abusos a la infancia es un senador y pastor evangélico, Magno Malta, muy conocido por su extremismo y sus modales exaltados. Pero los organizadores de la escandalera en las redes no tienen nada de religiosos. Son un grupo de veinteañeros que hace un año, durante las masivas movilizaciones para pedir la destitución de la presidenta Dilma Rousseff, lograron encandilar a buena parte del país.
Con su desenfado juvenil y su aire pop, los chicos del Movimento Brasil Livre (MBL) parecían representar la cara de un país nuevo que rechazaba la corrupción y abogaba por el liberalismo económico. De la noche a la mañana se convirtieron en figuras nacionales. En poco más de un año su rostro ha mutado por completo. Lo que se presentaba como un movimiento de regeneración democrática es ahora una potente maquinaria que explota su habilidad en las redes para difundir campañas contra artistas, hostigar a periodistas y profesores señalados como de extrema izquierda o defender la venta de armas. Además de una legión de internautas, cuentan con poderosos apoyos como los alcaldes de São Paulo y Porto Alegre. O el dueño de la mayor cadena de tiendas de ropa del país, Flávio Rocha, que en un artículo advirtió que ese tipo de exposiciones forman parte de un “plan urdido en las esferas más sofisticadas del izquierdismo” como “medio para llegar al comunismo”.
“Hasta los años 90, estas campañas provenían de colectivos extremistas evangélicos, pero ahora estamos ante un fenómeno nuevo, el conservadurismo laico”, explica Pablo Ortellado, profesor de Gestión de Política Públicas en la Universidad de São Paulo. “Este tipo de guerras culturales está ocurriendo en todo el mundo, sobre todo en EE UU, aunque aquí tienen colores propios. Se aprovecharon los canales de comunicación organizados durante las movilizaciones por la destitución de Rousseff. Surfeando esa ola, se ha creado un nuevo movimiento conservador con un discurso antisistema y muy oportunista, porque que ni ellos mismos creen muchas cosas de las que dicen. Pero es extremadamente preocupante. Tengo 43 años y jamás había vivido algo así”.
En este clima, los brasileños serán llamados a las urnas dentro de un año para elegir nuevo presidente. “Y me temo”, dice Ortellado, “una campaña violenta en un país superpolarizado”.

“LOS ARTISTAS MERECEN SER FUSILADOS”

Nadie más expeditivo que Jair Bolsonaro al hablar de los artistas: “Merecen ser fusilados”. Fusilar es una actividad que excita a este exmilitar, diputado y candidato a la presidencia, quien ya lamentó que el expresidente Cardoso no fuese ejecutado cuando era opositor a la dictadura que gobernó el país entre 1964 y 1985. El año pasado, Bolsonaro dedicó su voto a favor de la destitución de Rousseff a uno de los mayores torturadores de la dictadura. Y hace poco posó orgulloso con una camiseta que tenía estampado: “Derechos humanos, estiércol de la escoria social”.
Este individuo tiene en las encuestas una intención de voto del 20%, solo por detrás del expresidente Lula da Silva. Los estudios del mayor instituto privado de demoscopia, Datafolha, revelan que el 60% de sus apoyos son jóvenes de menos de 34 años. El fenómeno Bolsonaro, explica Mauro Paulino, director de Datafolha, “se alimenta del miedo que se ha apoderado de la sociedad brasileña”. Un 60% de la población confiesa que vive en un territorio controlado por alguna facción criminal. Cada año son asesinados 60.000 brasileños. Y los partidarios de la venta libre de armas han crecido del 30% al 43% desde 2013.
Pero fuera de la cuestión de la seguridad, y pese al ruido cada vez mayor de los grupos ultraconservadores, tampoco hay datos para afirmar que la mayoría del país haya derivado hacia posiciones reaccionarias. De hecho, en los últimos cuatro años, los defensores de los derechos de los homosexuales han pasado del 67% al 74%.
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