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La basílica del capo Renatino

La iglesia de San Apolinar albergó hasta 2012 la tumba de uno los jefes de la Banda della Magliana, involucrado en casi todas las conspiraciones de la Italia reciente


Fachada de la iglesia de Sant’Apollinare, en cuyo interior estuvo la tumba de Enrico de Pedis, 'Renatino'.

-¿Quién? No, ya no está aquí. Y haga el favor de marcharse, esto es algo muy serio. Roma ha borrado ese nombre de su memoria. Así que... buenos días.
-Pero, ¿se lo han llevado?
-Yo no he dicho eso. Hable con la policía y lárguese. Aquí no es bienvenido.
El alterado funcionario del cementerio de Prima Porta, al norte de Roma, zanja en dos segundos la espera de una hora en las oficinas funerarias. Y tiene razón, el cadáver ya no está aquí. Pero se equivoca en algo: ningún romano ha borrado de su memoria el nombre de Enrico de Pedis, uno de los tres capos de la Banda della Magliana, el grupo criminal surgido a finales de los 70 y alrededor del cual orbitaron la mayoría de crímenes, misterios y conspiraciones de la Italia reciente. Y eso es mucho decir. El nombre de Renatino, como se le conocía realmente, planeó sobre el secuestro de la niña Emanuela Orlandi y el de Aldo Moro, la famosa lista de la logia secreta P2, el atentado de Bolonia, los escándalos del Banco Ambrosiano y hasta la génesis de la última gran historia criminal de Roma: Mafia Capitale. Difícil olvidarle.
El capo de la Banda della Magliana, Enrico de Pedis, conocido como Renatino.
El capo de la Banda della Magliana, Enrico de Pedis, conocido como Renatino.
A Renatino [Dandi si han visto la serie Roma criminal] lo cosieron a balazos a plena luz del día en el número 66 de la calle del Pellegrino, entre la Piazza Navona y el Campo de’ Fiori. 20 años dirigiendo el grupo criminal más parecido a una mafia que tuvo Roma dan para desayunar con enemigos cada mañana. Pero aquel 2 de febrero de 1990 el fuego vino de dentro. Hartos de su arrogancia y de verle amasar una fortuna sin repartir un céntimo, los últimos miembros de su banda decidieron tenderle una trampa y limpiarle el forro cerca de su casa (ventana con ventana, por cierto, con la del primer ministro Giulio Andreotti). La emboscada la ejecutaron 8 personas, pero solo llegaron vivos al juicio Angelo Angelotti y Marcello Colafigli. El resto, eran años de plomo y morgue, murió en otras reyertas.
Renatino, un tipo elegante y previsor que gastaba parte de su fortuna en trajes caros y automóviles, se concedió un capricho final antes de reunirse con sus antepasados. Un rapto de fe le empujó en sus últimos días a desembolsar generosas sumas para la Basílica de San Apolinar, una pequeña y recoleta iglesia junto a la Piazza Navona fundada por el papa Adriano en torno al año 780. Su rector, monseñor Piero Vergari, con quien De Pedis había trabado toda la amistad a la que pueden llegar un cura y un mafioso, aceptó un donativo póstumo que le entregó en mano su viuda y gran amor, Carla Di Giovanni. 450.000 euros que sirvieron para terminar de pagar los plazos de una bonita tumba en la cripta de la basílica. Un exclusivo reposo eterno que pasó a compartir con Giacomo Carissimi, compositor de música barroca y maestro de la basílica, a quien se dio sepultura en 1674; y con monseñor Antonio Palombi, nada menos que secretario personal del papa Pio VI (1785).
El cadáver de Enrico De Pedis, alias Renatino, tras el tiroteo que acabó con su vida en Roma en 1990.
El cadáver de Enrico De Pedis, alias Renatino, tras el tiroteo que acabó con su vida en Roma en 1990.
En las basílicas romanas solo suele enterrarse, si lo piden, a los cardenales que la tienen asignada por el Papa. Así que Vergari, un sinuoso cura imputado luego por el asunto, tuvo que esperar la aprobación del vicario de la ciudad y entonces presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, el cardenal Ugo Poletti. El documento que dio cobertura legal al insólito entierro le encumbró para la historia como “un gran benefactor de los pobres que frecuentaban la basílica” y “ayudaba a los jóvenes”. Los fajos de la viuda pusieron música a la letra y periódicamente, según recuerdan hoy quienes vivieron aquello, fue a visitarle. Un escándalo, claro. Pero Italia era entonces una turbulenta nación en la que Andreotti, su primer ministro, se besaba con el capo de la Mafia, los banqueros de Dios aparecían suicidados, a Pasolini se lo había cargado un chapero que nunca dijo la verdad y la República apuraba sus últimos días de pillaje a las puertas del proceso de corrupción Mani Pulite. Así que el lío de Renatino, como tantos otros en aquellos años de avaricia, pasó más o menos desapercibido.
El problema, o más bien el mayor problema, llegó durante la transmisión en Rai3 de Chi l’ha visto, un programa parecido a Quién sabe dónde. De repente, una voz anónima interrumpió 14 años de silencio.
—Para saber más sobre Emanuela, mirad en la tumba de De Pedis y averiguad el favor que le hizo al cardenal Poletti.
Emanuela Orlandi, 15 años, hija de un funcionario del Vaticano que trabajaba directamente con el Papa, desapareció el 22 de junio de 1983 cuando salía de su clase de flauta. ¿Saben dónde? En el edificio pegado a la basílica de San Apolinar. El caso Orlandi, de quien hasta Ali Agca, el turco que intentó asesinar al Juan Pablo II, aseguró tener información, formó un remolino de podredumbre en el desagüe de la cloaca italiana que terminó salpicando al Vaticano, a los servicios secretos y, como no, a Renatino. Lo confirmó Sabrina Minardi, la ex prostituta del Trastevere convertida en amante de De Pedis durante 10 años. Y podía ser cierto, no era cualquiera. Roma y sus conspiraciones conformaban entonces un círculo tan reducido, que hasta ella misma dijo que Roberto Calvi, el banquero de Dios asesinado en Londres, había pasado por su alcoba.
Anuncio de la desaparición de Emanuela Orlandi que se colgó en las calles de Roma.
Anuncio de la desaparición de Emanuela Orlandi que se colgó en las calles de Roma.
La Minardi, esposa también del mítico delantero centro del Lazio Bruno Giordano, aportó pistas del secuestro y señaló directamente a su examante. Según ella, a la niña la había secuestrado y asesinado Renatino. Además, dio modelo y matrícula del BMW con la que la había transportado, que 18 años después apareció donde decía y, para colmo, había pertenecido a un empresario relacionado con el Banco Ambrosiano.
La familia de la desaparecida redobló la presión y al cabo de unos años, el 14 de mayo de 2012, rodeada del mayor circo mediático que se recuerda en el centro de Roma, la policía científica abrió un sarcófago de mármol intentantdo cerrar una parte de la historia de Italia. Y ahí estaba Renatino. Él y centenares de huesos de cadáveres que se remontaban a una fosa del siglo XVIII y que tuvieron que archivar uno a uno en 400 cajas durante varios días. Pero de la niña Orlandi, como había insinuado aquella misteriosa voz que algunos corrieron a relacionar con el poderoso cardenal y ex presidente del Banco Vaticano, Paul Marcinkus, nunca hubo ni rastro.
Así de accidentadas transcurrieron las últimas horas de Enrico de Pedis en la basílica San Apolinar, hoy una tranquila iglesia que abre de vez en cuando y gestiona una prestigiosa universidad pontificia. El capo fue trasladado al cementerio de Prima Porta, pero como sostiene el exaltado funcionario, también se marchó de ahí. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas se perdieron en el mar junto a la piedra Rosetta de la mayoría de misterios de la crónica negra italiana. O, al menos, eso dice la versión oficial.
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