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Cuba ante el precipicio venezolano

El desplome de la ayuda de Caracas aboca al Gobierno cubano a gestionar otra fase de carestía ante una sociedad hastiada y más inconforme

Nicolás Maduro y Raúl Castro en La Habana en diciembre.

La crisis de Venezuela socava a Cuba. A cuentagotas, los datos dibujan el contorno de un gran boquete en la economía de la isla, auxiliada desde los 2000 por Caracas por la alianza política entre Fidel Castro y Hugo Chávez. Si a finales de 2016 La Habana reconocía que el país estaba en recesión y el pasado abril se ordenó el racionamiento de gasolina de alto octanaje, esta semana trascendió que Cuba, según Naciones Unidas, ganó en 2016 un 97% menos que en 2013, de 500 millones a 15 millones, por la exportación de derivados del petróleo que le subsidia Venezuela, cada vez en menor cantidad: hasta un 40% menos, estiman los analistas, de los más de 100.000 barriles diarios de antaño.
Las medidas de ahorro extraordinarias empezaron el verano de 2016 reduciendo jornadas laborales y apagando el aire acondicionado en centros laborales. El ciclo de austeridad continúa este año, y en abril el ministro de Economía, Ricardo Cabrisas, adelantó en un consejo de ministros que en 2018 se podrá gastar menos aún que en 2017. Venezuela atraviesa un túnel sin salida visible y los EE UU de Donald Trump han echado el freno a la normalización bilateral. Cuba necesita salidas a su enésima sequía de recursos.
Se prevé que en estos días atraque en la isla un buque ruso con 249.000 barriles de crudo refinado, parte de un acuerdo triangulado con Petróleos de Venezuela (PDVSA) para que la petrolera estatal rusa Rosneft envíe a Cuba cerca de 250.000 toneladas de crudo y diésel. A La Habana le urgen manos amigas y la Rusia de Vladímir Putin parece haber sacado del baúl de la difunta Unión Soviética el viejo radar geopolítico.
Venezuela, mientras tanto, intenta contener el desplome de su suministro a La Habana. Según la agencia Reuters, en marzo PDVSA hizo un envío especial a Cuba de 1.390.000 barriles para procurar reactivar la refinería de Cienfuegos, operada por los dos países, y que se encuentra desde hace meses a mínimos niveles de producción.
Si el Gobierno de Nicolás Maduro se mantiene en pie, el de Raúl Castro tendría, dentro de las estrecheces, un cierto desahogo. “Le daría más oxígeno a La Habana para hacer las reformas que tiene que hacer al ritmo que las quiere hacer, primando la lógica política sobre la económica”, opina Arturo López-Levy, exanalista político del Ministerio del Interior cubano y profesor de la Universidad de Texas (EE UU). Un cambio de régimen en Caracas sería una conmoción para Cuba. “La caída de su PIB podría ser del 20 al 25%”, estima López-Levy. “El impacto sería duro”, dice el economista cubano Pavel Vidal, de la Universidad Javeriana de Cali (Colombia), que cifra la correlación binacional de crecimiento entre 2005 y 2016 en un 81% y afirma: “Las posibilidades de Cuba de salir de la recesión dependen, básicamente, de su intercambio comercial con Venezuela”.
La crisis potencial, matiza Vidal, no sería la del hambre, los apagones y el éxodo en balsas del Periodo Especial de los noventa tras la caída de la Unión Soviética, cuando se pulverizó un 38% del PIB. “La economía cubana está más diversificada”, sostiene. López-Levy tampoco detecta en los mensajes del Gobierno un nivel de alerta extremo como el de aquella época, cuando Fidel Castro en 1990 advertía: “Hay que estar preparados para trabajar con menos, con menos, con menos y casi con cero”. “También puede ser un error de cálculo”, reflexiona, “o que no se quiera alarmar a la opinión pública cubana; pero hablar de la posibilidad de otro Periodo Especial sería una exageración”.

Supervivencia política

Para Vidal la incógnita no es tanto la profundidad económica de la crisis como su efecto social en una Cuba más informada, menos temerosa de la crítica al sistema y exasperada por la lentitud de la liberalización económica. “El asunto es la capacidad política del Gobierno para explicar y manejar ante los ciudadanos la llegada de un nuevo periodo de escasez generalizada de alimentos y medicinas, más apagones y el colapso del sistema de transporte, aunque sea de menor intensidad que en los noventa”. El politólogo cubano Pedro Campos cree que si pierde Caracas, el castrismo quedaría herido de gravedad: “Ya sin Fidel Castro perdió a su caudillo. Raúl no es Fidel, y los demás se le parecen menos. La caída del chavismo podría ser la antesala de cambios definitivos”.
En su intento de mantener el poder, Maduro cuenta con Cuba y su dilatada experiencia en el arte de la supervivencia política. “Están llevando la situación a un escenario en el que los costos para ambos actores, Gobierno y oposición, sean demasiado grandes y los obliguen a sentarse a negociar. Dentro de esta estrategia, la asesoría cubana será una baza del chavismo”, dice el analista político venezolano Marcos Villasmil.
“No están solos”, proclamó Raúl Castro, de 85 años, en marzo en Caracas en una mesa presidida por Maduro. “Compañeras y compañeros, en Venezuela se libra hoy la batalla decisiva por la soberanía, la emancipación, la integración y el desarrollo de Nuestra América”. El reto del Palacio de Miraflores es el reto del Palacio de la Revolución.
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