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Corrupción en Mallorca


Tolo Cursach fue durante cuatro décadas el amo de la noche en la isla. Desde allí extendió sus tentáculos a la construcción y el fútbol en los años del pelotazo y el turismo de masas. El pasado mes de marzo fue detenido. Se le acusa de 16 delitos. A sus 69 años juega su última partida a todo o nada.
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EL 24 de agosto de 2003 Tolo Cursach Supo que lo había conseguido. Era su momento de gloria. El resultado de 33 años de envites. De negocios oscuros y timbas a tumba abierta; de surcar y gobernar durante décadas la madrugada mallorquina entre chulos, yonquis y borrachos; romper caras con el reloj en los nudillos; comprar voluntades, repartir favores, dar órdenes a alcaldes y comisarios, hundir a la competencia; y no exhibir su riqueza más de lo necesario, dentro de la mejor tradición de los contrabandistas de esta Sicilia en miniatura, donde ostentar se ha considerado durante siglos una imprudencia.


Siempre bajo sospecha, nunca con las manos en la masa. Aunque en Mallorca ya se hablara en los setenta en voz baja del oscuro origen de su fortuna: “Fardos y contenedores; calas desiertas”. “O él fue muy listo o nosotros muy tontos”, afirma un mando policial.

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Tito’s, la catedral del ocio de Cursach en Palma, fue también clausurada por irregularidades.  SAMUEL ARANDA

El invisible hombre más poderoso de la isla se encajó aquel sábado de agosto de 2003 su mejor traje italiano, se anudó una corbata de seda, se atusó la cabellera teñida de caoba (tenía canas desde los veintitantos y era un conspicuo narcisista y mujeriego, con cuatro hijos de tres mujeres). Y a las 21.30, entre aplausos, trepó con la agilidad del viejo tenista al palco del Mallorca para presidir el encuentro de ida de Supercopa contra el Real Madrid.

Era el hombre del día. El amo de la noche. Treinta discotecas. Bares y restaurantes. Garrafón y juerga para los ingleses en Magaluf. Cerveza y chicas para los alemanes en el Arenal. El paseo marítimo de Palma convertido en su paseo triunfal. Cada noche un millón en cash. 1.700 empleados. 1,5 millones de clientes. Propietario de 261.585 metros cuadrados de terreno edificable (el 2,52% urbanizable de la isla). Inversiones en Brasil y República Dominicana. La ilimitada liquidez del Banco de Valencia (que sería intervenido en 2011) a su disposición (para eso su consejero delegado, Domingo Parra, era su cuate de raqueta). Un gimnasio de 30 millones y 13 pistas de pádel, que había convertido en su lobby y su hobby. Y, desde 2002, caballero blanco del equipo de fútbol que jugaba esa noche, el Real Mallorca. Había pagado sus deudas y adquirido la mitad de sus acciones: más de 20 millones a tocateja. A cambio, se había quedado con los derechos de sus mejores jugadores a través de un fondo de inversión domiciliado en Ginebra, Investfootball, que administraba su sobrino Pedro Rosselló, hoy también en la cárcel por amenazar a una testigo protegida. Todo en familia.

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El Mallorca Tenis Club, donde Tolo Cursach empezó su andadura.  SAMUEL ARANDA

Palma le aclamaba. A su vera, en el estadio de Son Moix, el rey Juan Carlos, rivalizando en bronceado con el rey de la noche. Alrededor, dos ministros llegados de Madrid; el presidente de Baleares, Jaume Matas, con quien compartía pádel y confidencias; la pareja más aclamada de aquel verano, Cristina de Borbón e Iñaki Urdangarin (a la que el Ayuntamiento acababa de dedicar su avenida con más solera), y el mismísimo Florentino. Y, por si fuera poco, lo más granado de los hoteleros de la isla. Los señores del turismo que jamás le habían sentado a su mesa: Escarrer, Riu, Fluxá, Barceló. Todos aplaudían a Tolo aquel agosto de 2003. Su equipo ganó 2-1.

Más tarde hubo paella y champán rosé en su hermética finca de Puntiró. Corrían buenos tiempos en la isla. Matas y Urdangarin aún no habían descendido la rampa del juzgado. Desde 1995, la burbuja de corrupción política, empresarial e inmobiliaria; de recalificaciones; adjudicaciones amañadas de obras y servicios; información privilegiada; desvío y malversación de fondos públicos y financiación ilegal de partidos, se iba inflando a buen ritmo.

EL TURISMO DE MASAS ERA UNA MÁQUINA DE HACER DINERO. AUN A COSTA DE CARGARSE EL ALMA DE MALLORCA. CAUDALES DE DINERO NEGRO CADA TEMPORADA

El turismo de masas era una máquina de hacer dinero. Aun a costa de cargarse el alma de Mallorca. Caudales de dinero negro. Doble contabilidad en las discotecas con software de última generación. Decenas de miles de apartamentos sin declarar. Millones de turistas ávidos de droga, sexo y alcohol barato. Fiestas con mamading y balconing. Y dos catedrales de ese modelo de ocio brillando sin competencia en la noche: BCM en Magaluf y Megapark en el Arenal. Las dos de Tolo Cursach.

Los años del reinado de Jaume Matas y su Partido Popular, secundado por su virreina, Maria Antònia Munar y su Unió Mallorquina, entre 2003 y 2007, fueron de una completa cleptocracia. Un fenómeno que se había iniciado 10 años antes con otro presidente balear, Gabriel Cañellas, acusado de prevaricación y cohecho por las obras del túnel de Sóller, y al que le salvó la campana de la prescripción. En Mallorca, todos sabían algo. Nadie abría el pico. Matas pagaba con billetes de 500 y Munar, presidenta del Consell Insular, tenía una caja fuerte en su mansión del paseo marítimo en la que cabía un adulto. Ambos acabarían en la cárcel junto a una veintena de políticos del PP y UM. Centenares de altos cargos, funcionarios y sus familiares serían encausados a partir de la catarsis de 2008. El president Cañellas lo tuvo mejor, se convirtió en el “señor Lobo” de Cursach. Cuando el rey de la noche tenía algo que negociar con el Govern balear, ahí estaba Cañellas, ya fuera para venderle un edificio o recalificar un solar rústico junto al futuro hospital de Son Espases.

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Un antiguo retrato de Cursach.  TOLO RAMÓN

El profesor de economía y exconsejero de Economía socialista Carles Manera, al que le tocó bregar con el agujero heredado de la legislatura de Matas, afirma: “En esos cuatro años se saquearon en Mallorca más de 300 millones de euros de dinero público, entre desvíos presupuestarios injustificados, asignaciones oscuras y lo que robaron directamente”. A esa cifra se podrían sumar unos 1.500 millones cada año de fraude fiscal en la isla. “Se defrauda donde más dinero hay; donde es más fácil y abundante, y la mallorquina es una economía de monocultivo del sector servicios, donde se mueve infinitamente más cash que en el industrial”, explica Raúl Burillo, delegado especial de la Agencia Tributaria en Baleares entre 2004 y 2010. “Y la noche es una bolsa de dinero negro. Se necesitan medios y voluntad política para acabar con ese endemismo. Y no los ha habido”. Para un hostelero mallorquín, “aquí se han movido cantidades ingentes de dinero, los terrenos han alcanzado un precio de escándalo y muchos restaurantes y hoteles han facturado en negro. Todo eran billetes de 500. Años de borrachera.

Hasta la crisis de 2008”. El mallorquín Joan Mesquida, ex secretario de Estado de Turismo, explica: “Aquí, cuando te nombraban para un cargo, la gente te decía: ‘¡Te vas a forrar y, si no, eres tonto!’. A Unió Mallorquina (UM), la llamaban la ‘Unión Monetaria’… Esta isla funciona a base de favores: conoces a alguien que conoce a alguien y te puede facilitar algo”.
El big bang de la corrupción en Mallorca se desencadenó cuando al dinero meteórico del turismo se unió la construcción desenfrenada y la salvaje especulación inmobiliaria. Urbanizaciones, campos de golf, polígonos, edificios, recalificaciones, permutas. Que un solar pasara de ser rústico a urbano suponía “multiplicar su precio por 30”, explica Miquel Capellà, uno de los abogados con más prestigio de Mallorca. “Y eso ocurría en una isla donde la tierra era muy pobre y siempre había valido poco. Y menos aún la de la costa, donde no crecía nada. Fue un cambio de chip en Mallorca. Comprar algo rústico y que te lo recalificaran suponía ganar más que en todo un año poniendo copas. Pero antes necesitabas ponerte de acuerdo con el político que tenía el lápiz y decidía por dónde pasaba la línea negra, y convertía en oro ese terreno donde solo había patatas. Claro que, para lograrlo, tenías que compartir el beneficio con el político”.

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La Policía Local de Palma formaba parte del entramado de Cursach. Un 10% de sus agentes están bajo sospecha.  SAMUEL ARANDA

Los mallorquines, históricamente discretos, austeros, conservadores y pobres; una sociedad dividida en estamentos estancos, con una nobleza heredera de los caballeros que acompañaron a Jaime I en la conquista de 1229, tan cargada de soberbia como carente de liquidez; una burguesía testimonial; una gran masa de artesanos y una agricultura y pesca de subsistencia, con unas pocas fortunas producto del contrabando (un negocio en el que participan pueblos completos todos a una todavía en los setenta), habían comenzado a disfrutar en los noventa de la riqueza del turismo. Y, lo que era más innovador, a exhibirla, a imagen y semejanza de los ricos peninsulares que atracaban en la “corte de verano”. Su PIB por habitante pasó de las catacumbas a ser el más alto de España. En 1950, los turistas que llegaban a esta isla eran 100.000; 350.000 en 1960; 6 millones en los noventa. Hoy, 13 millones. Más de 250.000 plazas hoteleras. Un vuelo cada minuto. Mallorca es la cuna de la moderna industria del turismo. Y durante los últimos 47 años el negocio de la noche, del que pendía gran parte esa industria floreciente, ha sido el archipiélago Cursach.

EL PASADO 28 DE FEBRERO, BARTOLOMÉ CURSACH ERA DETENIDO. JUNTO A ÉL, SU ‘CONSIGLIERI’, BARTOLOMÉ SBERT, ALIAS ‘TOLO EL PISCINERO’

El pasado 28 de febrero Bartolomé Cursach era detenido. Junto a él, su consiglieri, Bartolomé Sbert, alias Tolo El Piscinero (comenzó su ascensión como director del Aquacity después de ser director de Turismo con Cañellas). Y también Antoni Bergas, alias El Sheriff, antiguo inspector de la Policía Local y encargado de repartir los regalos y las consignas entre los paniaguados de Cursach. En los días siguientes, sus oficinas de la discoteca BCM (las siglas de su nombre, Bartolomé Cursach Mas, aunque en la isla se interpretaban como Banco de Cocaína de Mallorca) fueron registradas por la Brigada de Delitos Económicos. Tras pasar 72 horas en el calabozo, Cursach y Sbert ingresaron en la cárcel de Palma. Ahí continúan. En el auto de prisión, el juez Manuel Penalva le acusaba de cohecho, extorsión, amenazas, pertenencia a organización criminal, blanqueo, homicidio, corrupción de menores y tenencia de armas. En total, 16 delitos que suman una pena superior a los 80 años. El hombre que se subió ese día al furgón policial era un anciano de 69 años de melena blanca, barba descuidada y aspecto ajado. Y, sin embargo, había en sus ojos una mirada de desafío.

Cursach es un jugador. Solo así se puede comprender su personalidad; su ascenso y caída. De los testimonios de los que le conocen surge el retrato de un individuo seguro de sí mismo, astuto, lanzado, agresivo, supersticioso, simpático, cruel, intuitivo, con autocontrol y capacidad para aceptar las malas rachas. Alguien que compartió timbas con Tolo le describe como un ganador: “El que más dinero ponía sobre la mesa. Acojonaba. No tenía miedo de fundirse 20.000 euros en una mano. Se podía jugar miles de euros al parchís. Le he visto en partidas con gente que se apostaba su yate y a su mujer. En su casa se disputaban partidas muy fuertes los lunes. Venía gente de Madrid. Y él perdía cuando había que perder, para terminar ganando”.

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En la primera imagen, Ángel Ávila, un empresario hundido por Cursach. En la otra fotografía, el nuevo jefe de policía de Palma, Josep Palouzié. / SAMUEL ARANDA
Tolo fue un niño pobre de la Mallorca profunda trasplantado a uno de los escenarios más exclusivos de Palma en los sesenta, el Mallorca Tenis Club, fundado en 1924 por un grupo de selectos butifarras, la aristocracia local.

El club es todavía un elegante oasis en el centro de Palma. Media docena de mimadas pistas de tierra batida en torno a un pabellón proyectado en los sesenta por Francesc Mitjans. Durante 43 años, el conserje y toallero, el empleado que regaba, pasaba la estera y cobraba, el alma del recinto, fue Miquel Cursach (mestre Miquel), tío paterno de Tolo. En los sesenta, Miquel se trajo a su sobrino del pueblo para que le ayudara y progresara en ese selecto ambiente de senyors en Lacoste, calzón corto y un escocés en la mano.

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En la primera fotografía, la concejala de Seguridad, Angélica Pastor. En la segunda imagen, un eslogan en el cuartel de Sant Ferran que intenta renovar su imagen. / SAMUEL ARANDA
Durante los siguientes 20 años el club sería el hogar y centro de operaciones de Tolo. Llegó a ser su presidente en la sombra. Hasta que fue declarado persona non grata a finales de los ochenta. Pero antes, ese lugar le proporcionó tres cosas: aprender a jugar al tenis hasta llegar a ser un brillante semi profesional que compitió en los campeonatos juveniles de Cataluña y de España –“le faltó fondo y disciplina, tenía otras aficiones”, explica un antiguo compañero de raqueta–. La segunda, aprender a jugar al póquer sobre el fieltro verde del salón de la planta baja del club, mientras las señoras se distraían al rumy. Algo que le proporcionó dinero y relaciones. Y la tercera, colarse en la impenetrable alta sociedad palmesana, gracias a su amistad con el presidente del Tenis Club: Pedro Alomar, oficial franquista, inspector de Hacienda, primo del alcalde y una figura caciquil en aquella rancia Mallorca pre turística. Perico Alomar sería su mentor; le enseñaría modales y taparía sus deudas; hasta que las actividades de Tolo fueron evidentes. Su ruptura fue radical.

De las madrugadas sobre el tapete del club saldrían los fondos para sus primeros negocios. Allí desplumó primos, entabló amistad con mandos policiales, abogados y altos funcionarios; cerró acuerdos oscuros y consiguió financiación para una tienda de moda (Smash, en la bohemia calle de Verí) y su primera disco, también Smash, poco más que un cuchitril en el Arenal. Tenía 20 años. Los setenta acababan de comenzar. Después vendrían muchas más discotecas. Pagadas en efectivo. Nadie se explicaba de dónde salía el dinero.
TOLO CURSACH Y DOS DIRECTIVOS DE SU GRUPO PASAN A DISPOSICIÓN JUDICIAL

TOLO CURSACH Y DOS DIRECTIVOS DE SU GRUPO PASAN A DISPOSICIÓN JUDICIAL

Tolo Cursach desciende del furgón policial el pasado 3 de marzo.  CATI CLADERA (EFE)
Su primer campo de acción fue la floreciente zona del Arenal, con la Riu Palace, hasta llegar a dominar esa playa con la faraónica Megapark; a continuación, Palma, la capital, con tres símbolos, Tito’s, Abraxas y Luna; y después, Magaluf, donde inauguró en 1988 BCM (la discoteca más grande de Europa) coronada con sus iniciales en oro. Y que nunca tuvo licencia. Tampoco estaban en orden Tito’s, Megapark ni su parque acuático de Magaluf, Western Park. “Pero Tolo tenía patente de corso en los Ayuntamientos de Palma y Calvià. Se fue quedando con todo. Se convirtió en el dueño de la noche. Todo turista que llegara a Mallorca tendría que pasar por alguno de sus negocios. Amenazaba al que le hacía sombra, ahogaba negocios ajenos y se quedaba con ellos a precio de saldo”, explica Ángel Ávila, un empresario de la noche al que destrozó la vida y expulsó del negocio. “Su cash era inagotable. Creó un monopolio. Si le hacías la competencia, te echaba a la policía encima, te freían a multas e inspecciones. Te clausuraban. Además, dominaba las asociaciones de empresarios. Y a la policía. Y tenía gente en el PP y UM que le hacían decretos a la medida de sus discotecas. Y con total impunidad”. Ninguno de los grandes grupos de la noche, Pachá, Space o Joy, se atrevió a abrir por su cuenta en Mallorca: era el archipiélago Cursach.

EL NUEVO JEFE DE POLICÍA NO MUEVE UN MÚSCULO CUANDO SE LE PREGUNTA SI ESTÁ AMENAZADO: “POBRES, QUE SE LES OCURRA, LLEVO LA PISTOLA CARGADA”
A partir de esa bolsa de liquidez producto de la noche, iba a extender sus tentáculos al negocio inmobiliario, comprando algunos de los mejores solares del centro de Palma y haciéndose con el polígono Son Valentí. Logró incluso permutas de terrenos con el Ayuntamiento de Palma que le proporcionaron dos millones de euros en 2003 con el alcalde del PP, Joan Fageda, en tiempo de descuento. Era rápido y valiente. Si algo no funcionaba, se bajaba en marcha. Aunque perdiera dinero. Lo que fue evidente en 1997 con la creación de una compañía aérea, BCM, que solo voló un año y vendió a la familia Fluxá por su capital social, y en sus inversiones en el Real Mallorca y después en el Atlético Baleares, donde se mantuvo una temporada para, según susurraban en la isla, “blanquear su imagen e ingresos”. Incluso sus negocios de representación de futbolistas acabaron cuando la FIFA (y después el Parlamento Europeo) prohibió esos “esclavistas” fondos de inversión en deportistas en 2015.

Fueron tres décadas de monopolio. Y de poder. Con la caída de Jaume Matas, en 2007, el comienzo de la crisis y el pinchazo de la burbuja, las cosas iban a cambiar. Ese año, el mallorquín Pedro Horrach era nombrado jefe de la Fiscalía Anticorrupción y tomaba posesión de su despachito en la plaza del Bisbe Berenguer de Palou dispuesto a limpiar la isla. A su lado, otros fiscales limpios, como Juan Carrau y Miguel Ángel Subirán; el juez instructor José Castro, el delegado especial de Hacienda Raúl Burillo, y el consejero de Economía, Carles Manera. En Mallorca se les empezó a conocer como “los intocables”. Horrach, hoy dedicado a la abogacía, recuerda cómo en el momento de aterrizar en la Fiscalía “la corrupción se había convertido en sistémica. La Administración estaba podrida. Pero era difícil que la gente denunciara, porque aquí nos conocemos todos. Y el que más y el que menos había colocado a sus parientes. Incluso en trabajos ficticios, donde no iban nunca. O debía favores. O tenía miedo. En esa atmósfera, era imposible mantener en secreto las investigaciones. En la isla los rumores corren a velocidad de vértigo. Los malos tenían ojos y oídos en todos los lados. Hasta en los juzgados. Nos reuníamos en secreto en el despacho del abogado Manuel Pomar. Cuando detectábamos bolsas de corrupción, era vital detener inmediatamente a los sospechosos, incomunicarlos y tirar del hilo. Así cayeron Matas, Munar y Urdangarin”.

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La discoteca BCM, en Magaluf, el símbolo del imperio Cursach recién clausurado.  SAMUEL ARANDA
–¿Y Cursach? ¿Nunca le investigó?

–Ahora dicen que se sabía… Pero ¿qué se sabía? Que era un tipo de la noche. Que estaba metido en un mundo oscuro. Había rumores de tráfico de drogas y de que solo declaraba lo que ingresaba con tarjetas de crédito, que debe ser como el 10% de la facturación de una discoteca. Hubo sospechas, pero nunca pruebas.

Los años de la crisis económica no le salieron gratis a Tolo Cursach. A partir de 2008, el negocio de las discotecas no marchaba como antes (los ingresos por consumo de alcohol caerían un 53% y la recaudación un 20%). Sus inversiones brasileñas tampoco iban bien. Y tuvo que realizar una sospechosa dación en pago de inmuebles y terrenos al Banco de Valencia para tapar un agujero crediticio de más de 40 millones con esa entidad. Su idea de extender su modelo de gimnasio por toda España se quedó en proyecto. La aventura aeronáutica había sido un desastre, como su incursión en el fútbol. Incluso en el vibrante negocio inmobiliario, sus apuestas de convertir el polígono Son Valentí en un gran centro de negocios, de vender un edificio al Govern por 40 millones y de construir un geriátrico junto al nuevo hospital de Son Espases (gracias, se dice, a un soplo del Ejecutivo de Matas) se saldaron con pérdidas de decenas de millones de euros y su comparecencia (chulesca y atrincherado tras unas gafas negras) en un par de comisiones parlamentarias en 2011 y 2015. El cerco se iba cerrando en torno a Tolo Cursach.

En 2013 se destapó un complejo asunto de corrupción en la Policía Local de Palma, que llevaba décadas actuando como una guardia privada al servicio de dos empresarios de la noche. Esa policía, además, había desarrollado una compleja red de extorsión, soborno, chantaje, protección y prostitución en torno al negocio de las discotecas. Según el sumario (todavía secreto), el nexo de unión entre el cuerpo y los dos empresarios (Pascual y Cursach) eran dos hombres fuertes del PP de Mallorca, el concejal Álvaro Gijón y el todopoderoso delegado del Gobierno, José María Rodríguez. Por primera vez en décadas, decenas de testimonios ponían ante el juez el nombre de Cursach en la picota. El 80% de las irregularidades de la mafia policial estaban relacionadas con sus negocios. Las actividades mafiosas de su policía conducirían al padrino a la cárcel.

El caso de la corrupción de la policía de Palma ya se ha llevado por delante a cinco de sus jefes; a una veintena de agentes a prisión y a un centenar de sus 886 miembros a ser imputados. La persona encargada de limpiarla es la edil socialista Angélica Pastor, que llegó sola al inhóspito cuartel de Sant Ferran en el verano de 2015 y ha demostrado que no se arruga. Ha recibido amenazas (como el juez y el fiscal del caso, Penalva y Subirán, que han solicitado permiso para portar armas) y ha tenido que fichar a un jefe de policía lejos de la isla, en Girona: Josep Palouzié, un tipo duro que es además oficial de Infantería de Marina. El nuevo jefe no mueve un músculo cuando se le pregunta si él también ha sido amenazado: “Pobres de ellos…, que se les ocurra, llevo la pistola siempre cargada”.

Tras la caída de la mafia policial, su escudo protector durante 40 años (la primera investigación al respecto data de 1984), los negocios de Cursach han comenzado a ser fiscalizados. Si en 2014 las sanciones por irregularidades en sus discotecas representaron 6.000 euros, en 2016, con el magnate en caída libre, ascendieron a 184.000. La impresión es que su imperio se está deshaciendo con la misma rapidez con la que nació. Tras su detención, han sido clausurados dos de sus símbolos de la madrugada, Tito’s y BCM, aunque la primera se ha reabierto. Ante ese escenario, Tolo, que continúa en prisión, ha buscado en Madrid un penalista de prestigio, el exfiscal de la Audiencia Nacional Enrique Molina. En su entorno afirman que todo es fruto de una conspiración contra el rey de la noche. Un ajuste de cuentas. Por lo que pueda pasar, ha puesto el control de su grupo en manos de su fiscalista de cabecera, Miguel Pérez-Marsá, quizá previendo que la mayor batalla legal que le espera va a ser con la Agencia Tributaria.

Desde la cárcel de Palma, donde Tolo Cursach permanece recluido, se disfruta una espectacular vista del polígono Son Valentí, el escenario de sus éxitos y pelotazos. Cuenta uno de sus viejos compañeros de tenis y tapete que Tolo, más que un empresario, ha sido un jugador de ventaja. “Su naturaleza es la de un tahúr. Para él, la máxima expresión de la vida es una moneda a cara o cruz. Y hoy, para él, la moneda vuelve a estar en el aire”.

    
POR
Jesús Rodríguez
Es reportero de El País desde hace 28 años. Licenciado en Ciencias de la Información, su trabajo ha estado centrado en grandes reportajes -en territorios como Bosnia o Afganistán- y perfiles de personajes como el Rey Juan Carlos o los presidentes Aznar y Zapatero. Ha retratado sectores como el petrolífero y el del oro y realizado todo tipo de entrevistas.
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