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Así empieza lo malo

Desde Roma a hoy no hay más que un paso. Lo ha dado Podemos con ese autobús que es secuela del otro extremo, aquel Hazte Oír de la vergüenza que tenía a Dios como pretexto



El fantasma de un autobús recorre España. Es fácil: preparas a la ciudadanía con suculentos nombres propios, dices a la gente que en esos nombres reside la trama de lo peor que le pasa a la sociedad en la que estamos y luego paseas sus caricaturas para que el pueblo haga diana. Desde Roma a hoy no hay más que un paso. Lo ha dado Podemos con ese autobús que es secuela del otro extremo, aquel Hazte Oír de la vergüenza que tenía a Dios como pretexto.
Está todo inventado. Los que hacen el dibujo previo no saben a ciencia cierta si lo que insinúan con el trazo grueso es verdad o mentira. Pero no importa, qué va a importar: lo dice todo el mundo y ellos le explican a la gente, preparada para creer que hay culpables sueltos, lo que esta ya quiere oír. “¡Queremos culpables!” Ellos los brindan en un autobús superpoblado, este fantasma en el que se alojan las identidades de cada uno de los bandidos seleccionados para la ocasión. Habrá más, anuncian como si estuvieran en aquel circo romano. Y ríen, la ocurrencia va a funcionar. Han hecho de la política un saloon del Oeste y en la confusión reciben el aplauso, e incluso la contrita condescendencia, de los que cuidan su ego desde asientos mullidos en los que se mecen sus complicidades. “Mientras no me den a mí, je je”.

           
El fantasma de un autobús recorre España. Es fácil: preparas a la ciudadanía con suculentos nombres propios, dices a la gente que en esos nombres reside la trama de lo peor que le pasa a la sociedad en la que estamos y luego paseas sus caricaturas para que el pueblo haga diana. Desde Roma a hoy no hay más que un paso. Lo ha dado Podemos con ese autobús que es secuela del otro extremo, aquel Hazte Oír de la vergüenza que tenía a Dios como pretexto.
Está todo inventado. Los que hacen el dibujo previo no saben a ciencia cierta si lo que insinúan con el trazo grueso es verdad o mentira. Pero no importa, qué va a importar: lo dice todo el mundo y ellos le explican a la gente, preparada para creer que hay culpables sueltos, lo que esta ya quiere oír. “¡Queremos culpables!” Ellos los brindan en un autobús superpoblado, este fantasma en el que se alojan las identidades de cada uno de los bandidos seleccionados para la ocasión. Habrá más, anuncian como si estuvieran en aquel circo romano. Y ríen, la ocurrencia va a funcionar. Han hecho de la política un saloon del Oeste y en la confusión reciben el aplauso, e incluso la contrita condescendencia, de los que cuidan su ego desde asientos mullidos en los que se mecen sus complicidades. “Mientras no me den a mí, je je”.
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