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El sargento que se vendió por un puñado de perfumes

Una trama corrupta robaba contenedores de buques en el puerto de Barcelona



El sargento Santiago Viana podría haber montado una perfumería. O un estanco. O una copistería. En un armario empotrado de su apartamento, en el cuartel de la Guardia Civil de Sant Pau, Viana guardaba 47 cajas de perfumes y desodorantes, 99 cartones de Marlboro y 130 cartuchos de tinta para impresora. Era su parte del botín. Desde que se licenció en la Academia de Baeza (Jaén) la carrera de Viana ha estado ligada al puerto de Barcelona. En 2009, fue nombrado jefe de la policía judicial del puerto para combatir la corrupción en un terreno siempre pantanoso. No fue un gran acierto. Viana andaba ya entonces, presuntamente, integrado en una banda de ladrones de contenedores formada por trabajadores portuarios, estibadores y camioneros. Ahora afronta juicio y una petición de 21 años y medio de cárcel.

Los perfumes acuartelados por Viana eran propiedad de la empresa Puig. Nunca alcanzaron su destino. El primer contenedor que consta robado por la banda, en julio de 2009, llegó a Dubái cargado de… arena. El segundo, meses más tarde, arribó a Yeda (Arabia Saudí) repleto de bidones de agua. Los dos estaban perfectamente cerrados y precintados. ¿Qué había ocurrido? Puig denunció el caso a los Mossos d’Esquadra, que desarbolaron en menos de un año, con seguimientos al límite y pinchazos telefónicos, una maquinaria bien engrasada y liderada presuntamente por un personaje de novela: Jorge H., Puma.

Perfumes 100% originales al mejor precio

Puma conocía de primera mano la vida entre contenedores de mercancías. Como empleado de Transportes Neptuno, había sabido relacionarse con los actores que se mueven por ese escenario distante e inaccesible que es el puerto. Entre ellos, el sargento Viana, que antes de sargento había sido cabo y, antes aún, agente raso. En enero de 2009, Jorge perdió el empleo, a lo que se sumaron, como suele ocurrir, otras desgracias personales: su mujer le dejó y él empezó a perder “mucho dinero en casinos”. Acabó “durmiendo en el camión de Neptuno”, según detalló él mismo ante la juez en mayo de 2010, tras ser detenido.

El plan urdido por Puma era, sobre el papel, perfecto. Contaba, además, con las piezas precisas para ejecutarlo. Dos empleados de una de las terminales de carga del puerto de Barcelona (la antigua Tercat, hoy BEST) le detallaban qué mercancía transportaba cada contenedor. Si el producto era interesante, buscaba a un comprador. Los estibadores a los que también tenía a sueldo descargaban el contenedor marcado del barco y lo cargaban en un camión que aparecía, a primera hora de la mañana, para llevárselo. La última frontera era el puesto aduanero de la Guardia Civil. Y ahí entraba en acción el sargento Viana, que bajaba a la garita a la hora convenida y dejaba salir el camión. La banda lo descargaba con rapidez en un almacén a las afueras de Barcelona, lo rellenaba con agua o arena para simular su peso exacto, y lo devolvía al puerto, no sin antes haber remachado el contenedor para que pareciera intacto.

Los Mossos lo vieron y lo escucharon casi todo. Tras el golpe a Puig y el robo de un camión con 2.700 ordenadores HP (valorados en más de un millón de euros) la banda se puso las botas en marzo de 2010. Jorge H. había contactado con un contrabandista chino que pretendía sacar del puerto tabaco falsificado. El 16 de marzo era el día programado para el robo. Los teléfonos echaban humo. “¿El sorteo de la lotería es hoy? Que voy a comprar un boleto también para esta semana?”, preguntaba el sargento a Puma, su único enlace en la banda. Este, que aguardaba en una explanada de Can Tunis, le avisó cuando el camión estaba a punto de salir para que acudiera a la garita: “Vale venga, ya voy para allá yo”.

Pagar a los estibadores

Cuando el contenedor ya estaba en el almacén y los chinos se habían llevado el tabaco —que más tarde fue requisado en un control de los Mossos—, varios miembros de la banda se reunieron en el bar Valentín, de la Zona Franca. Era la hora de pagar a todos. Y más que nadie a los estibadores, que siempre quieren cobrar el mismo día, se quejaba Puma en otra llamada telefónica.

El 22 de marzo se repitió la operación. Esta vez, Viana se anticipó y envió un mensaje de texto a Jorge H. con los datos del contenedor: “Mscu5591216 buque msc Colombia. Llegada 6 horas. Dime algo”. Los miembros de la banda hablaban en clave: si debían llevar “pantalón largo o corto” (por el tamaño del camión), si “el avión” (por el barco) llegaba hoy o mañana y, sobre todo, cuándo iban a “tomar café”, es decir, a robar. Eso era lo que más le interesa al sargento, el café:

Viana: La bicicleta ya la tienes allí.

Jorge: Vale

Viana: Que te digo yo, eh, ¿tomamos café mañana entonces?

Jorge: Sí.

Viana: Vale, yo a esa hora más o menos estaré por ahí ya. ¿Nos picamos como siempre antes del café?

Jorge: ¡Equilicuá!

Aunque había asegurado el buen olor corporal de los Viana hasta el fin de los días, lo cierto es que un puñado de perfumes no eran suficientes por el riesgo asumido. El guardia dice en una llamada que pasa a buscar la “maleta de viaje” y el “número de lotería” a L’Hospitalet de Llobregat. Allí, cerca del domicilio de Jorge H., los Mossos comprobaron cómo le entregó “una bolsa de color negro”, por lo que la investigación dedujo —aunque no se mencione explícitamente en el escrito de acusación— que el sargento también recibió dinero por facilitar la salida de los contenedores robados.

4.000 euros en una noche

Puma y Viana estaban contentos. El 26 de marzo cenaron a El Magatzem del Port y salieron a la discoteca Shoko. Un buen lugar para Jorge H. porque queda cerca del Casino de Barcelona, donde los Mossos le han visto jugando “grandes cantidades en efectivo”. “Lleva un ritmo de vida desproporcionado. Paga todo en efectivo. Siempre come fuera de casa, en restaurantes de categoría. Frecuenta locales como Shoko o Opium, donde puede gastarse 4.000 euros en una noche”, relataron los Mossos en su informe sobre el líder de la organización.

A un marzo brillante le siguió un abril gris. Durante un nuevo robo, sospecharon de un coche camuflado de los Mossos. Jorge le envió a Viana un número de matrícula. “Míramelo, que el personal está dispersado, vamos”. El guardia le responde por mensaje: “Ojo mossos”. Los investigadores tuvieron que retirarse y no recuperaron la carga. Pero fue el principio del fin de Viana: la juez pidió a la Guardia Civil que averiguara quién había consultado esa matrícula en la base de datos. La investigación pudo poner al fin nombre y apellidos al guardia corrupto.

La policía acabó interviniendo el tabaco robado (otro millón de euros). Jorge, estresado, fue a pasar unos días al Castell de Peralada. En el Gran Casino perdió, solo en seis días, 80.000 euros. “Daba propinas de 50 euros a las camareras que le llevaban una cerveza”, resaltaban los Mossos, que le siguieron. En su declaración, Puma diría más tarde que en realidad “ganó 100.000 euros”, aunque siguió jugando y los perdió. Y se consideró un hombre “desafortunado con las mujeres y afortunado en el juego” que entró en el negocio de los robos para “hacer un favor a gente en situación necesitada”.

Jorge H. volvió a las andadas, pero solo para ser detenido. El 4 de mayo de 2010, tras robar un contenedor con tabaco Benson & Hedges falsificado, la fiesta se acabó. Todos fueron detenidos —un total de 24 personas irán a juicio— en una nave de Rubí. Viana, en el puerto. Media docena de guardias civiles adscritos a Tercat declararon como testigos. Todos coincidieron en que Viana acudía a las cabinas de la terminal “con relativa frecuencia”, solo y en el coche oficial, y se estaba un rato con ellos. Uno de los guardias aseguró que, ese día, hablaban de las “expectativas de ascenso de Viana”, pero que le notó “como si se encontrase ausente”. Solía estar en la cabina unos 15 minutos. “Con frecuencia nos invitaba a tomar café en un bar cercano”. Nada mejor, pensó Viana, que tomar un buen café después de “tomar café”.
Fuente_El País
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